martes, 21 de julio de 2020

Un viejecito


UN VIEJECITO.
         Yo tenía sobre 10 u 11 años. Algunas mañanas, cuando iba al colegio me cruzaba con un viejecito antes de atravesar el arco de la catedral. Le recuerdo con su cuerpo menudo, algo encorvado, vestido de oscuro, con una gorra de visera como la que llevaba mi abuelo Isidoro y con un gran mostacho blanco. Andaba despacio, tranquilo, como solían andar los ancianos en aquella época. Debía de venir de la Casa de las Carnicerías, la que mandó construir Felipe II, pues en la mano llevaba un envoltorio en el que a veces se veía un trozo de carne o de tocino. Siempre que me cruzaba con él le miraba; a veces, cuando iba por la acera de enfrente, me paraba para mirarle más tiempo. No sé por qué lo hacía, pero aquel anciano tenía un cierto atractivo para mí, sentía como una cierta conexión espiritual con él. Para mi irradiaba ternura y bondad. A mí me daba pena verle tan solo, con su pequeño envoltorio y andando tan despacito. Nunca supe quién era, ni donde vivía, ni qué había sido, ni nada de él. Fue una de esas almas que se cruzó en mi camino y nada más. Y a mis 74 años ¿por qué me seguiré acordando de él?

lunes, 13 de julio de 2020

Avila - el Grande


AVILA - EL GRANDE
         
         El Grande era el centro de Ávila, era la plaza más importante y como estaba muy cerca de la casa de mis padres yo jugué mucho allí. Además, cuando empecé a estudiar el bachillerato e iba al Colegio Diocesano, pasaba por ella casi todos los días al ir o al volver del colegio.
         ¡Se me agolpan los recuerdos del Grande! ¡Son tantos!
Recuerdo las cucañas en las fiestas de la Santa, cucañas que me gustaba mucho mirar y a las que nunca me atreví a intentar subir.
         Me parece que era en las fiestas de la Santa cuando me entusiasmaba con Chacolí, el muñeco protagonista del teatro de marionetas, y gritaba con todos los demás niños lo que nos mandaba ese muñeco u otro cualquiera. También durante las fiestas de la Santa ponían cine al anochecer y los niños nos poníamos por detrás del telón y veíamos la película sin que nadie nos agobiase. Los fuegos artificiales eran allí, como siempre los fuegos artificiales eran la ilusión y la fantasía hecha colores. Eran diferentes de los fuegos de ahora; eran fuegos sujetos a unos palos y normalmente eran ruedas que giraban y giraban y cambiaba el color de los cohetes.
De vez en cuando, algún domingo, tocaba la banda de música, y los niños correteábamos mientras los mayores escuchaban; yo a veces también escuchaba.
         ¡Cuántas veces he jugado en la arena a las bolas! Había dos juegos, uno era el guá; el otro era jugar a las bolas y consistía en poner unas bolas de barro en los vértices de un triángulo y que había que dar con otra bola de china o de cristal (las de acero eran rarísimas y casi nadie las tenía). Las bolas las comprábamos en los puestos que había en los arcos de los soportales. En aquellos puestos comprábamos todas las chucherías que había entonces. ¡Cuánto dábamos de sí los céntimos que teníamos! Unos céntimos de pipas, regaliz, una bolita de chicle, un pirulí (un caramelo de color rojo en forma de cono), un martillo (un caramelo como el anterior, pero con forma de martillo), regaliz de palo y unas cuantas chucherías más pero no muchas.  

          Cuando llegaba el buen tiempo (mayo, junio) jugábamos a las chapas. Jugábamos a la vuelta ciclista. Hacíamos carreteras por la tierra y por allí iban las chapas de los escasos refrescos que había. Las chapas eran un tesoro dada su escasez. Por aquellas fechas era la Vuelta Ciclista a España y las noticias de la radio nos debían animar a emular con nuestras chapas las grandes hazañas de Trueba, Langarica, Bahamontes, Loroño, Poblet, etc.
         La Palomilla era otro lugar de juego. La Palomilla era el monumento de la Santa con unas barras y unos pivotes no muy altos alrededor. De pequeño no jugaba allí porque los mayores lo ocupaban todo y las distancias eran muy grandes para mí. Recuerdo una vez que intentamos jugar como los mayores, me caí y me di un buen golpe en las rodillas.  Debía llorar bastante y una señora se acercó y me dijo:
-          Los hombres no lloran, aunque se vean con las tripas en la mano.
Y yo la contesté:
- Sí, pero yo no soy un hombre. Yo soy un niño.
         Empecé a ir al bar Pepillo desde que era muy pequeño. Allí iba algunas tardes, a mis 6-7 años, con mi abuela y mi tía a ver las actuaciones de algunas cantantes. Me parecían unas mujeres muy guapas. Me enamoré de una que tenía el pelo rubio y muy largo, de la forma que se puede uno enamorar a esa edad.
         ¡Cuántos ratos he pasado mirando el escaparate y por la puerta de Casa Guerras para ver los animales disecados! ¡Me parecían tan bonitos!
         Y luego esos rincones, esos lugares que no tenían nada de especial, pero que constituyen como el decorado de un escenario en que transcurrió gran parte de mi vida, lugares llenos de recuerdos, de pinceladas emotivas:
- Los leones de las esquinas del espacio central y de los bordes de las escaleras, donde nos resguardábamos cuando hacia aire y frío. Y allí, apretaditos como gorriones o como pollitos, los niños hablábamos de nuestras cosas.
- Los taxis que estaban en la parte opuesta a los soportales, debajo de la arena, o junto a la muralla, a los que tocábamos un momento la válvula de las ruedas y creíamos que les habíamos quitado el aire.
- Los bares a los que entrábamos a pedir: “Por favor, me puede dar un vaso de agua”. Y esos bares eran Pepillo, el Águila, el Oro del Rhin, la Viña, Piquio y algún otro más cuyo nombre ya no recuerdo.
- La pastelería del Buen Gusto, que estaba en la calle Estrada, junto a Piquío, donde de muy tarde en tarde me compraban una berlinesa.
- El reloj de la relojería, Kaiser que indicaba el momento de ir a casa o que aún podía seguir un rato más jugando o paseando por allí.
- Las carteleras de los cines, de obligada visita los domingos y a las que miraba con frecuencia casi todos los días porque soñar e imaginar lo bonitas que podían ser las películas no costaba nada.
- Ya en la calle San Millán estaba Casa Calvo, el de las pipas, el de las mejores pipas de Ávila, que tenía dos canarios en la puerta, uno blanco y otro amarillo, y que yo miraba y miraba siempre que pasaba por allí. ¡Me gustaban tanto los canarios! ¡Tenía tantas ganas de tener uno en mi casa!
- Y ya de mayor, a los 14, 15 años pasear por el Grande para ver a las chicas que me gustaban: Marivi, las Palentinas, Amalia, y otras de las que nunca supe ni su nombre. Era pasear una y otra vez y cada vez que nos cruzábamos las miraba. ¡Eso era todo! ¡Con las chicas no se hablaba! ¡Ya iría con ellas cuando fuese mayor!
- Los carritos de los helados que se ponían en el verano en la arena. Helados que sólo comía los domingos, cuando me daban unos céntimos o una peseta de propina. Todavía viven algunos de los hombres y mujeres que los vendían cuando yo era niño. Ya son unos ancianos.
 
- Casa Teto, el único lugar de Ávila donde vendían periódicos y donde más cuentos y tebeos había. Cuando había colecciones de cromos era donde casi todos los niños los comprábamos y a su puerta nos reuníamos espontáneamente para cambiarlos. Yo entraba a comprar los cromos, pero eso no era muy frecuente. El olor de los periódicos o de la tinta, no sé bien a qué olía, lo tengo muy metido, pues todos los domingos, y creo que muchos sábados, entraba con mi padre y mi abuelo a comprar el Pueblo y el ABC.
De jovencito empecé a leer el ABC. Sobre todo leía la primera página interior, que muchas veces era una especie de comentario literario o artículo de opinión sobre cosas muy variadas. Recuerdo vagamente uno en el que se hablaba de los jóvenes que llegaban a Madrid no como lugar de paso, sino como lugar donde buscar un trabajo cómodo y estable, lejos del ideal aventurero que según el autor debían tener los jóvenes.
Recuerdo muy especialmente un artículo, cuyo autor y cuyo título desconozco, que influyó notablemente en mí. Me parece que era un comentario sobre un poeta o pensador, y allí leí unos párrafos que me impactaron, que nunca jamás he olvidado y que muchas veces he tenido en cuenta a la hora de actuar. Más o menos aquellos párrafos decían así:
“Toma lo que se te ofrece cada día por sencillo que sea y ponle amor”
“La vida se nos da, y nos la merecemos dándola”
Estas frases, y otras del Evangelio, son las que más han influido en mi vida. Y todo esto lo recuerdo ahora que estoy escribiendo sobre el Grande, sobre una época en que yo era niño.
Hoy ya no se llama casa Teto. Sólo las personas mayores lo conocen por ese nombre, y yo que ya soy más mayor que joven no sé llamarle de otra manera, y además no sé cómo se llama. Todavía los niños actuales, los del 2010, se siguen reuniendo a su puerta para cambiar los cromos repetidos.
La vida, los hechos, las emociones y los sentimientos humanos son siempre los mismos o muy parecidos. Aquí en el Grande también ocurre eso.















miércoles, 8 de julio de 2020

En una perdida colegiata

EN UNA PERDIDA COLEGIATA

Estoy en una hermosa colegiata gótica de una nave, amplia, espaciosa, luminosa.  Entra un anciano muy anciano, se sienta muy cerca de mí y se queda rezando o pensando. Con paso vacilante coge una vela y la pone junto a una imagen ¿Qué sentimientos anidan en su corazón? ¿Qué le habrá pedido a la imagen? ¿Por qué pondrá una vela? ¿Qué pasará cuando ya no pueda venir a ponerla? Siento una extraña sensación al ver a este anciano, le sigo con mi mirada, veo como lentamente, arrastrando los pies sale de la iglesia y desde el fondo de mi corazón le digo adiós porque estoy seguro de que nunca más le volveré a ver. Hemos sido dos seres cuyas vidas han coincidido en el tiempo y en el espacio durante un instante y lo más probable es que nunca más volverán a coincidir.
            Empieza a sonar una música de flauta. Es una música dulce, melancólica, pura. Me estoy un rato aquí, escuchando, sintiendo esta música, sintiendo este producto de una vida, pues ¿en qué cosa mejor se puede emplear el tiempo de la vida que en sentirla y en sentir los productos de ella en toda su pureza y en toda su desnudez?