EN UNA GRAN CIUDAD
Voy en un viaje organizado. Hemos estado visitando unos pocos monumentos. El autocar nos deja donde están las tiendas que quieren visitar la mayoría de los viajeros. Quedamos en volver dentro de una hora a este mismo lugar. Yo no voy a comprar, yo voy a pasear.
Intento pasear tranquilamente, pero en esta calle hay mucha gente que camina deprisa, que mira los escaparates, que entra y sale de los comercios, que mira y compra en los puestos de la calle. Todo está lleno de tiendas, de comercios, no muy grandes, de una variedad asombrosa: una tienda de teléfonos móviles, una peluquería, al lado una pajarería, luego de ropa de mujer, una frutería, una tienda de tabacos, una zapatería, una librería, una tienda de juguetes, una … una de lo que menos me puedo imaginar.
Y acompañando a todo ésto, el tráfico. Coches que pitan, que aceleran, que frenan, que se paran, uno que se quiere meter, los otros que no le dejan, peatones que quieren pasar y sortean a los coches… Todo esto es una locura, una locura que miro y miro asombrado, pues no veo ningún accidente.
Con tanto mirar la calle, los coches y las personas, el tiempo transcurre rápidamente. Vuelvo al punto de encuentro. Me siento en un banco. Vienen tres niños de unos diez años. Morenos, con el pelo negro y unos ojos oscuros preciosos, con esa mirada tan especial que solo tienen los niños. Se acerca el que tiene más cara de pillín y de atrevido. Me mira, me saluda y me ofrece una serpiente de madera por un euro. Le compro dos y le doy los dos euros. Su mirada cambia, y con esa nueva mirada me dice:
- ¡Te voy hacer un regalo!
Del bolsillo saca un taco de tiras de cartón, que en realidad son marcapáginas. Cuenta unas pocas y dice:
- ¡Mira, te regalo diez!
Le sonrío. Antes de dármelas añade: ¡no, te voy a regalar doce!
Me las da. Le doy las gracias, añado otra sonrisa y él me dice:
- ¡Te voy a dar también este otro marcapáginas que es el más bonito que tengo!
Y me da uno de una tela como dorada.
Le vuelvo a dar las gracias. Estrecho su mano. Sus ojos y su mirada son una sinfonía de matices. Él se marcha. Yo me quedo esperando a mis compañeros de viaje.
Pasan solamente unos minutos y vuelvo a ver al niño, que viene corriendo, pero ahora en compañía de tres niñas.
Reponiéndose de la carrera que se han echado, me dice:
- Esta es mi hermana y vende muñecos a un euro cada uno.
Son muñequitos de madera pintados de vivos colores; tienen un cierto parecido con las marionetas. La cara y los ojos de estas niñas son de expectación, de esperanza, de... son una maravilla.
Compro dos muñecos, los ojos y la cara de la niña se hacen aún más preciosos.
En ese momento salen mis compañeros de viaje del centro comercial y al ver los muñequitos los miran, hablan con las niñas y se animan a comprarlos. Total, que las tres niñas venden todos sus muñequitos en un pis – pas.
Subimos al autobús. Los niños nos dicen adiós con sus manos y nos regalan sus caras llenas de alegría. Ellos se van con su dinerito, y tiempo libre para jugar, y nosotros con nuestros muñecos. ¡A veces, que poco cuesta ser feliz!
Y todo esto ocurre en una gran ciudad del norte de África, pero podía haber ocurrido en otras muchas partes del Mundo.