MEMENTO MORI.
No recuerdo que moriré. Lo que sí tengo presente es que voy a morir. Y lo voy a hacer más pronto que tarde. Tengo ochenta años y estoy seriamente enfermo del corazón. Ya no tengo proyectos, mi cuerpo no me permite llevarlos a cabo. Me canso y me fatigo con cualquier pequeña actividad física.
Recuerdo una tarde en que venía de la escuela. Entrando en Ávila vi a un señor mayor, con su bastón, paseando junto a la carretera. Imaginé que el médico le había recomendado que paseara, y él, obediente, lo hacía. Yo me vi en ese anciano y pensé que a mi no me dirían eso. Yo amaba andar, y de anciano sería una de las cosas que haría sin necesidad de que me lo mandasen. Hoy es una de las cosas que no puedo hacer.
Cuando veo el campo y las montañas que hay en Ávila, montañas que recorrí a mis cuarenta, a mis cincuenta o a mis sesenta años, siento una dulce nostalgia, un dulce recuerdo me invade. Era pasear por el campo, era sentir el viento, sentir la naturaleza, la lluvia y el sol. Era ir hablando con mi alma, pero con el alma se habla sin palabras.
De vez en cuando miro mis fotos. Mis fotos de los Picos de Europa, de los Pirineos, de los Alpes y me veo allí con Carlos, con Moncho. Y mis ojos se llenan de lágrimas. Hay muchas fotos en que ellos no están,y mis ojos también se llenan de lágrimas, de lágrimas de felicidad. En esas montañas alcancé la paz y la tranquilidad total. Allí todo lo tuve, pues nada necesitaba.
Ya no salgo a pasear. Solo salgo a sentarme, a sentarme en algún parque o jardín donde haya niños. Y allí les miro y les veo jugar. Conozco muchos países, su naturaleza, sus ciudades, su arte, y lo más bonito de todo son sus niños. Los niños son lo más bonito que hay en el mundo. Durante cuarenta años he trabajado como maestro con niños de hasta doce años. Y he sido totalmente feliz. Si existen las reencarnaciones me pido volver a ser maestro. Y me pido volver a ser padre y a ser abuelo para tener hijos y nietos y poder disfrutar de su recuerdo.
No me importa morirme, no le tengo ningún miedo a la muerte. Pero si por algo me pesa morirme es porque ya no podré ver a mis hijos, ni a mis nietas, ni acordarme de cuando eran pequeños.
¿Quién se acordará de mí cuando todos los que me conocieron hayan muerto? Esta era una pregunta que se hacía Aquiles. Yo quizás haría esta pregunta de otra manera. ¿Quienes morirán en el olvido cuando yo muera y ya no haya nadie mas que se acuerde de ellos?
La vida. La muerte. Quizás lo importante no sea el recuerdo, ni la memoria. Quizás lo más importante sean las acciones, lo que se ha hecho. Puedo esperar la muerte tranquilo porque poco más tengo que hacer. Mis manos están bastante llenas. ¿Qué podría llenarlas con algo más? A lo mejor sí. Pero estoy cansado, me faltan fuerzas.
Me gusta sentarme en el Paseo del Rastro y mirar hacia el Valle Amblés. Allí dejo salir mis recuerdos, y los dejo libres en el tiempo y en el espacio. Y van libres hacia la derecha o la izquierda, hacia delante o hacia atrás. Y no están muertos. Están vivos y alegres, contentos y risueños. Desde que mis recuerdos y yo nos encontramos siempre me acompañaron, y siempre me dieron felicidad.
Casi todos mis recuerdos son alegres, felices. Hasta esos recuerdos mínimos en su duración, estuvieron llenos de ilusión y me impulsaron a seguir adelante. Y luego hay recuerdos en los que me recreo, por el enorme placer que siento mientras estoy recordando. Con Carlos en la calle, mirando serio a una señora que quería hacerle reír. Ana y su dedito señalando el teleférico en Madrid. Moncho diciendo “no me guta el ten, Elena mirando las motos, Alicia mirando los caracoles y yo mirando los ojos verdes de Lidia. No sé si son recuerdos que me producen un gran placer o es un gran placer el que me lleva a esos recuerdos.
Ahora pienso en qué sentido tiene la vida sin los recuerdos. Quizás ya están muertos, quizás ya no son nada. Quizás lo único que tiene sentido son las ilusiones, los proyectos. Quizás mis recuerdos y mis ilusiones sean lo mismo. Si me los quitan, ya no me queda nada, ya no tengo nada.
Quizás todo esto son solo divagaciones, divagaciones de un anciano que no sabe a donde va, ni sabe lo que le espera y solo da vueltas y vueltas buscando un camino por el que andar.