viernes, 22 de mayo de 2026

Memento Mori (Recuerda que morirás)

 MEMENTO MORI.

No recuerdo que moriré. Lo que sí tengo presente es que voy a morir. Y lo voy a hacer más pronto que tarde. Tengo ochenta años y estoy seriamente enfermo del corazón. Ya no tengo proyectos, mi cuerpo no me permite llevarlos a cabo. Me canso y me fatigo con cualquier pequeña actividad física.

Recuerdo una tarde en que venía de la escuela. Entrando en Ávila vi a un señor mayor, con su bastón, paseando junto a la carretera. Imaginé que el médico le había recomendado que paseara, y él, obediente, lo hacía. Yo me vi en ese anciano y pensé que a mi no me dirían eso. Yo amaba andar, y de anciano sería una de las cosas que haría sin necesidad de que me lo mandasen. Hoy es una de las cosas que no puedo hacer.

Cuando veo el campo y las montañas que hay en Ávila, montañas que recorrí a mis cuarenta, a mis cincuenta o a mis sesenta años, siento una dulce nostalgia, un dulce recuerdo me invade. Era pasear por el campo, era sentir el viento, sentir la naturaleza, la lluvia y el sol. Era ir hablando con mi alma, pero con el alma se habla sin palabras.

De vez en cuando miro mis fotos. Mis fotos de los Picos de Europa, de los Pirineos, de los Alpes y me veo allí con Carlos, con Moncho. Y mis ojos se llenan de lágrimas. Hay muchas fotos en que ellos no están,y mis ojos también se llenan de lágrimas, de lágrimas de felicidad. En esas montañas alcancé la paz y la tranquilidad total. Allí todo lo tuve, pues nada necesitaba.

Ya no salgo a pasear. Solo salgo a sentarme, a sentarme en algún parque o jardín donde haya niños. Y allí les miro y les veo jugar. Conozco muchos países, su naturaleza, sus ciudades, su arte, y lo más bonito de todo son sus niños. Los niños son lo más bonito que hay en el mundo. Durante cuarenta años he trabajado como maestro con niños de hasta doce años. Y he sido totalmente feliz. Si existen las reencarnaciones me pido volver a ser maestro. Y me pido volver a ser padre y a ser abuelo para tener hijos y nietos y poder disfrutar de su recuerdo.

No me importa morirme, no le tengo ningún miedo a la muerte. Pero si por algo me pesa morirme es porque ya no podré ver a mis hijos, ni a mis nietas, ni acordarme de cuando eran pequeños.

¿Quién se acordará de mí cuando todos los que me conocieron hayan muerto? Esta era una pregunta que se hacía Aquiles. Yo quizás haría esta pregunta de otra manera. ¿Quienes morirán en el olvido cuando yo muera y ya no haya nadie mas que se acuerde de ellos?

La vida. La muerte. Quizás lo importante no sea el recuerdo, ni la memoria. Quizás lo más importante sean las acciones, lo que se ha hecho. Puedo esperar la muerte tranquilo porque poco más tengo que hacer. Mis manos están bastante llenas. ¿Qué podría llenarlas con algo más? A lo mejor sí. Pero estoy cansado, me faltan fuerzas.

Me gusta sentarme en el Paseo del Rastro y mirar hacia el Valle Amblés. Allí dejo salir mis recuerdos, y los dejo libres en el tiempo y en el espacio. Y van libres hacia la derecha o la izquierda, hacia delante o hacia atrás. Y no están muertos. Están vivos y alegres, contentos y risueños. Desde que mis recuerdos y yo nos encontramos siempre me acompañaron, y siempre me dieron felicidad.

Casi todos mis recuerdos son alegres, felices. Hasta esos recuerdos mínimos en su duración, estuvieron llenos de ilusión y me impulsaron a seguir adelante. Y luego hay recuerdos en los que me recreo, por el enorme placer que siento mientras estoy recordando. Con Carlos en la calle, mirando serio a una señora que quería hacerle reír. Ana y su dedito señalando el teleférico en Madrid. Moncho diciendo “no me guta el ten, Elena mirando las motos, Alicia mirando los caracoles y yo mirando los ojos verdes de Lidia. No sé si son recuerdos que me producen un gran placer o es un gran placer el que me lleva a esos recuerdos.

Ahora pienso en qué sentido tiene la vida sin los recuerdos. Quizás ya están muertos, quizás ya no son nada. Quizás lo único que tiene sentido son las ilusiones, los proyectos. Quizás mis recuerdos y mis ilusiones sean lo mismo. Si me los quitan, ya no me queda nada, ya no tengo nada.

Quizás todo esto son solo divagaciones, divagaciones de un anciano que no sabe a donde va, ni sabe lo que le espera y solo da vueltas y vueltas buscando un camino por el que andar.

Con Ana.

 CON ANA.

Yo, Ángel, entro en el metro con mi hija Ana en brazos. Ella todo lo mira y todo la asombra. Lo dice con un ¡Uh!, con su índice señalando el lugar y con sus ojitos llenos de asombro. Solo tiene un año. Este es uno de los sitios que más le gusta. Pero no le gusta montar. Le gusta estar en el andén. Cuando escucha que se acerca un tren se echa hacia delante, para verlo mejor. Luego, cuando se para y las puertas se abren haciendo ruido, me mira, señala con su dedito el tren y emite un sonido que quiere decir fíjate que bonito y que chuli es esto. Miraba con atención al tren cuando antes de partir pitaba y se cerraban las puertas haciendo ruido. Se volvía a inclinar hacia delante cuando se metía en el túnel, luego me miraba, movía su manita y me decía: ¡ya se fue! Seguro, seguro que eso era lo que quería decir. Todo el tiempo la tenía en brazos, no quería que la bajase. Si hacía intención de marcharme ella protestaba y se movía con una claro gesto de oposición. Así me tenía veinte o veinticinco minutos.

El tiempo no pasaba. El tiempo con Ana era un disfrute perpetuo, y esa perpetuidad hacía que yo me sintiese importante, importante de estar y disfrutar con ella. Casi todos los atardeceres paseábamos por la Gran Vía de Madrid. Le encantaba ver los anuncios luminosos que se encendían y apagaban, los semáforos, los escaparates y sobre todo el escaparate de una tienda que sólo vendía muñecas. Las miraba y las miraba y de vez en cuando me miraba y señalaba con el dedo y decía ¡Uuhh!. En ese instante mucha gente solo la miraba a ella, pues era más bonita que todas las muñecas juntas. Voy a confesar la verdad. Yo la llevaba allí solo para mirarla y sentirme importante. Importante por tener la hija más preciosa que se puede tener.

Han pasado cincuenta y siete años y todavía me acuerdo.



Confesiones

 CONFESIONES.

Caminaba por los pasillos de unos grandes almacenes con el peso de varias bolsas colgando de mis manos, sintiendo esa extraña mezcla de satisfacción y culpa que sigue a un gasto considerable. Había pasado casi dos horas seleccionando artículos: una cafetera nueva, un par de camisas y un juego de toallas que, según la etiqueta, tenían una suavidad "premium". En total, la broma ascendía a 280 euros, una cifra que en ese momento podía permitirme sin desequilibrar mis cuentas.

Tras pagar en caja, con el ticket de compra en una bolsa, decidí dar una vuelta por la sección de mascotas. Fue un impulso. Recordé que mi acuario, ese pequeño ecosistema de burbujas y silencio que tengo en el salón, necesitaba suministros. Allí, entre trastos para los acuarios, peces de diversas clases y comidas para ellos, vi un botecito. Era un envase pequeño, de tres euros, con una etiqueta brillante que prometía colores más vivos para mis inquilinos. Lo cogí.

Lo que ocurrió después sigue reproduciéndose en mi mente como una de las mayores estupideces que he cometido en mi vida.

En lugar de ir a pagar a la caja, metí el botecito en el bolsillo de mi chaqueta. No lo hice con la intención premeditada de robar; o al menos, eso es lo que me digo a mí mismo para justificarme. En mi cabeza, de alguna manera absurda, esos 3 euros quedaban diluidos en los 280 que acababa de gastarme. Sentía que el establecimiento ya me había "cobrado" lo suficiente, que ese pequeño bote era casi una cortesía por mi fidelidad de esa tarde. Era una lógica infantil, arrogante y, sobre todo, estúpida.

Apenas puse un pie fuera de la línea de seguridad, sentí una mano sobre mi hombro.

—Perdone, caballero. ¿Podría acompañarnos un momento? Mi corazón dio un vuelco que me dejó sin aire.

Me di la vuelta y me encontré con un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje oscuro, y una mirada que no dejaba lugar a réplicas. Era el vigilante de seguridad. A su lado, un joven con walkie-talkie me miraba con una mezcla de curiosidad y desprecio.

El camino hacia la "sala de intervención" fue la caminata más larga de mi vida. Atravesamos media planta baja mientras los clientes se apartaban a nuestro paso. Yo intentaba mantener la cabeza alta, aferrando mis bolsas de 280 euros como si fueran un escudo de honorabilidad, pero el calor me subía por el cuello hasta llegar a mis mejillas. Sentía que cada persona que me cruzaba sabía exactamente lo que llevaba en el bolsillo. Me sentía desnudo, expuesto, como si un foco gigante me iluminara solo a mí.

Una vez en el pequeño despacho, el vigilante fue directo al grano.

—Saque lo que lleva en el bolsillo derecho, por favor.

Con los dedos temblorosos, extraje el botecito de comida para peces. Verlo allí, sobre la mesa, lo hacía parecer ridículo. Aquel objeto de tres euros parecía haber cobrado un peso de toneladas. El vigilante miró el bote, luego miró mis bolsas de compra y, finalmente, me miró a los ojos con una expresión de absoluta incredulidad.

—¿Se ha gastado doscientos ochenta euros en una cafetera y ropa, y se arriesga a esto por tres euros de comida para peces? —preguntó, sin rastro de enfado, sino con una decepción casi paternal que me dolió más que cualquier grito.

No supe qué responder. De hecho no respondí nada. La humillación era total. Me sentía como un criminal de poca monta, un delincuente ridículo atrapado en la contradicción más absurda de la sociedad de consumo.

—Tiene que pagarlo ahora mismo —sentenció el guardia—. Y le advierto que esto quedará registrado en nuestro sistema interno. Si vuelve a ocurrir, llamaremos a la policía directamente.

Me escoltaron de vuelta a una caja especial. Allí, frente a una cajera que no evitó hacerme sentir el rigor de su juicio silencioso, pagué los tres euros. Tuve que recoger el ticket de compra, el de los 3 euros, y guardarlo junto al de los 280.

Salí del centro comercial con las piernas flojas. El aire de la calle me golpeó la cara, pero no me alivió. Miré el botecito de comida en mi mano y sentí… no sé cómo definirlo. Por un ahorro insignificante, por algo que había sido como una travesura de un niño, había manchado mi dignidad frente a mí mismo. Aquella comida para peces me había salido, en realidad, carísima: me había costado el respeto por mí mismo y me había dejado una cicatriz de vergüenza que, es muy posible, tardará tiempo en borrarse, sobre todo cada vez que pase por delante de esos grandes almacenes.


Nunca tuve completa seguridad: Recuerdos borrosos.

 NUNCA TUVE COMPLETA SEGURIDAD: RECUERDOS BORROSOS.

Ir a ver los patos.

Esta historia de los patos es un poco compleja. Mis padres me contaron como salí de casa y me fui a ver unos patos que había en un estanque , según se iba hacia Sto. Tomás. Por ello sé lo que pasó y cómo pasó, pero también me veo a mi mismo yendo hacia el pilón de los patos y me veo sentado en un pequeño terraplén contemplándolos. ¿Y cómo es esto posible? ¿Cómo voy a recordar viéndome a mí mismo? Yo nunca me he visto a mi mismo. Cuando me he visto ha sido porque me han hecho una foto, pero nunca más.

Aclarado este punto voy a contar lo que recuerdo y veo. Me veo andando con mis pantaloncitos cortos por la plaza del Grande, mirando hacia el frente y luego bajando la cuesta de Sto. Tomás. Mientras lo hago busco con la mirada donde está el pilón o estanque de los patos. Veo el estanque pero no a los patos. Bajo corriendo, y al llegar les veo en una sombra. Hay uno que es un macho. Lo sé por los colores que tiene. Me siento en un pequeño montículo. Estoy cerca de ellos. Se levantan todos y se van a nadar al estanque. Les miro durante un rato y… ya no me acuerdo de más.



Ver la pólvora con el abuelo.

También era pequeño. Tendría cinco o seis años. Eran las fiestas del pueblo de mi madre. Habíamos ido a ver a los abuelos. Esa noche había fuegos artificiales.

Salí con el abuelo para ver la “pólvora” que ponían en la plaza. Todo estaba muy oscuro. Había pocas bombillas y casi no daban luz. Me agarré de su mano. El abuelo andaba despacio y se iba muy bien con él. No recuerdo si hablamos el uno con el otro. Posiblemente algo hablaría para que nadie nos asaltase. Si hablábamos se oiría su voz y los posibles asaltantes sabrían que iba con un hombre mayor, y ya no me harían nada.

En la plaza había bastantes palos como los de la luz, clavados en el suelo y con cosas en la parte de arriba. Esas cosas eran la pólvora. Un señor se acercó a uno, arrimó un cigarro a una especie de cuerda, que con un chisporroteo llegó arriba y aquello empezó a echar chispas de colores. Después de un ratito hizo una explosión muy fuerte y se apagó. El señor del cigarro iba encendiendo más. Al final encendió tres al mismo tiempo y daban y daban vueltas como los molinillos de viento. Estos me gustaban mucho. Eran como magia en colores, con tantas chispas como salían. ¿Quemarían esas chispas? Quizás se lo pregunté al abuelo, pero a lo mejor no. Quizás no quise romper la magia de la primera pólvora que veía. Este es un recuerdo muy entrañable para mí. Yo creo que es mi primer recuerdo de verdad.



Hablar con aquella chica en Arenas.

No me acuerdo de su nombre, ni veo su cara ni su cuerpo a través del tiempo. Pero me acuerdo de ella de vez en cuando, de tarde en tarde. Y eso que han pasado más de sesenta años.

Mi primo y yo estábamos con Teresa, la hija de Angelita, amiga de mi madre y de mi tía Carmen. Hablábamos de todo y de nada, de los estudios, de lo que hacíamos en el verano, de cosas de las que se puede estar hablando mucho tiempo pero que en realidad no interesan a nadie. Y apareció ella. Venía a buscar a Teresa. Nos quedamos mirándonos. Nos presentaron y yo seguía mirándola y ella a mí. Teresa propuso sentarnos en un terraza y eso hicimos.

Nos sentamos uno al lado del otro y empezamos a conversar, a conversar nosotros dos sin interesarnos por la conversación entre mi primo y Teresa. Y hablamos y hablamos de todo y de nada. Yo estaba como en una nube. Todo lo que decía ella me parecía magnífico, maravilloso. No recuerdo nada de lo mucho que hablamos, solo recuerdo lo feliz que era. Yo disfrutaba de su compañía, de estar junto a ella, de su sonrisa, de su alegría y de la risa de sus ojos.

Nos separamos. Y nos separamos para siempre. No recuerdo si nos dimos los teléfonos y las señas. Si nos los dimos nunca los utilizamos, ni yo los suyos ni ella los míos.

Lo único que recuerdo de aquella mujer es un momento de felicidad.



Reir y llorar. En el taller de fundición de ENSIDESA

 REÍR Y LLORAR. EN EL TALLER DE FUNDICIÓN DE ENSIDESA

El calor en el taller de fundición es una presencia física que envuelve y ahoga. El aire vibra con el zumbido de los hornos. Huele a fuego, y huele a negro del carbón. Hay ruido, mucho ruido: puentes grúas de un lado para otro, lingotes de fundición que se descargan bruscamente y ensordecen el lugar, y el olor sucio, agrio y seco del carbón quemado se pega a la garganta. Allí estábamos los dos, frente a la boca del infierno, moviendo el combustible con las horcas de mango largo. El sudor me inundaba y hasta empapaba el mandil de cuero que tenía puesto.

Ocurrió en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, en uno de esos momentos en que el azar y la distracción se alinean de forma cruel. Estábamos rellenando un horno cubilote: una cantidad de carbón, encima una cantidad de minerales de potasio y calcio, y sobre eso una cierta cantidad de lingotes de fundición. Y después a volver a hacer lo mismo. El carbón y los minerales los echábamos con unas horcas (una especie de palas que son como tenedores). Estábamos concentrados en esta tarea. Julián estaba al otro lado. . En un movimiento mal coordinado yo echaba el último carbón con la horca, él empezaba a echar a mano los lingotes de fundición. Mi horca y su mano coincidieron en el mismo lugar, y antes de que pudiese decir “cuidado” uno de los pinchos de la horca se clavó en la palma de su mano izquierda.

Él soltó el lingote, se agarró la muñeca y me miró con una mezcla de sorpresa absoluta y dolor punzante. Yo también miré. Vi la sangre roja, brillante, empezando a brotar.

Mi reacción debería haber sido soltar la horca, pedirle disculpas a gritos y salir corriendo a buscar ayuda y el botiquín de primeros auxilios. Pero el cerebro humano es una máquina extraña. Entonces ocurrió algo terrorífico. Algo que no pude controlar y que todavía me persigue. Sentí una presión en el pecho, un nudo que subía por mi garganta. Y de repente, estalló. No fue un lamento, sino una carcajada.

Yo no me lo creía, no me lo podía creer. Intenté reprimir otra posible carcajada mordiéndome los labios. Pero la imagen de su cara —esa expresión de incredulidad, como si yo le estuviera gastando una broma pesada— se metió en mi mente y la risa brotó de mis pulmones de una manera violenta. Me di la vuelta para no mirarle y para que él no viese mi cara.

—¿De qué te ríes, idiota? —gritó él, apretando los dientes, mientras la sangre salía por el pinchazo.

Yo quería responder. De verdad quería decirle: "Lo siento, no sé qué me pasa". Pero cada vez que intentaba articular una palabra, solo salía una especie de hipo agudo que se transformaba en otra ráfaga de risa histérica. Era una risa nerviosa, fuera de control, de esas que aparecen en los funerales o en los momentos más inoportunos de la vida. Era la válvula de escape de algo que yo tenía dentro y que tenía que escapar.

En el taller, el resto de los operarios empezaron a fijarse. El contraste era grotesco: yo reía y reía, mientras él sostenía su mano herida.

Por dentro, yo estaba desesperado. Mi mente gritaba "¡Para ya!", pero lo que causaba mi risa tenía otros planes. Cada vez que veía la horca me reía más, me parecía como un payaso que había hecho una trastada y ahora estaba tan tranquilo y tan serio, como un buen chico.

Pasaron lo que parecieron horas, aunque probablemente solo fueron un par de minutos. Finalmente, el ataque empezó a remitir, dejando tras de sí un vacío absoluto y un dolor punzante en los costados. El silencio que se hizo en nuestra sección, solo roto por el rugido lejano de los extractores, era sepulcral.

Él seguía allí, mirándome con una hostilidad gélida. Ya se había envuelto la mano con un trapo que empezaba a mancharse de rojo.

—Ya has terminado el espectáculo, ¿no? —dijo con una voz cargada de veneno.

Bajé la cabeza, sintiendo el peso de la vergüenza. La risa se había ido tan rápido como llegó, dejándome con una sensación de culpa que quemaba más que el carbón. No había una explicación que pudiera sonar razonable.

—Perdóname —le dije—. Ha sido el calor... yo... no sé qué me ha pasado.

Él no contestó. Simplemente se dio la vuelta y caminó hacia la enfermería, dejándome solo frente al horno. Me quedé allí, con la horca en la mano, sabiendo que, a partir de ese día, el silencio en el taller sería mucho más pesado que cualquier lingote de hierro.

Algo que no volvería a hacer

 ALGO QUE NO VOLVERÍA A HACER

Mientras estuve estudiando bachillerato en el colegio, fui muy feliz. Tenía muchos amigos, jugaba a lo que me gustaba, aprobaba todas las asignaturas y no tenía que darme panzadas a estudiar. Pero siempre hay un “pero”, una china que se mete en el zapato y molesta un montón. Hubo un hecho del que me avergüenzo, un hecho de cuando tenía doce o trece años y que aún no se me ha olvidado.

Había un compañero de clase que se llamaba Jose Luis Gutiérrez, al que todos llamábamos Guti. Yo le tenía mucha manía. Me caía muy mal por nada especial. Le tenía manía porque sí, por esa característica que tienen los niños de ser muy crueles algunas veces sin motivo aparente. Casi nunca jugaba con él en el recreo, y si lo hacía era porque otros le habían escogido para su equipo. Hablar, hablaba poco con él, lo imprescindible y siempre de malos modos por mi parte. Le hablaba como con desprecio, como si fuera inferior a mí, como si fuera tonto o bobo. El nunca me hizo frente, ni siquiera verbalmente. Y claro está, no tenía ningún motivo para pegarme con él. Hasta eso me sentaba mal.

Guti vivía por la zona de San Roque. No sé ni cómo ni porqué, pero el caso es que un día fuimos otro niño y yo detrás de él, haciéndole burla, diciéndole cosas hirientes y riéndonos de él. Él no se enfrentó a nosotros, nos miraba, pero no nos decía nada. Eso me exasperaba más. Ya cerca de su casa empezamos a tirarle piedras porque sí, porque había que hacerle la puñeta, porque había que fastidiarle lo más posible, porque se merecía que le tirásemos piedras porque tenía cara como de triste, porque era un cobarde que no se defendía de ninguna manera.

Le di con una piedra en la cabeza y se cayó al suelo llorando. Yo me asusté mucho y salí corriendo hacia mi casa. El otro niño que venía conmigo también salió corriendo, pero en otra dirección. Yo corría y corría hacia mi casa pero no sabía por qué. Llegué a casa, no dije nada a mis padres y no me tranquilicé. Toda la tarde estuve pendiente de si alguien llamaba a la puerta y era la policía, que me venía a buscar, pues a lo mejor le había hecho una herida muy grande y le tenían que haber llevado al hospital. Nadie fue por la tarde ni por la noche a mi casa.

Al día siguiente iba al colegio con miedo y con vergüenza. Si estaban allí sus padres yo no podía justificar mi acción porque era injustificable. ¿Y qué hacer si estaba la policía allí? Lo descarté rápidamente porque en las películas no salía que la policía fuese a buscar a un niño al colegio.

Entré y le vi con un pequeño esparadrapo. Suspiré aliviado. Ni yo le dije nada ni él me lo dijo a mí. Lo que sí hicimos fue mirarnos el uno al otro. Verle frente a mí, con su cara de buenazo, con el esparadrapo en la frente me llenó de vergüenza. No me atreví a pedirle perdón, pero a partir de aquel momento no me volví a meter con él nunca más. Es más, creo recordar que hasta dejó de caerme mal.

Aquel niño se marchó de Ávila y nunca jamás he vuelto a verle ni a saber nada más de él. Desde aquí, cuando han pasado muchos años de aquel suceso, le pido perdón. Aunque quizá él nunca lea estas frases, pero es la única manera que tengo de paliar aquella enorme injusticia.



Anotaciones en mi diario

  ANOTACIONES EN MI DIARIO.

Estas son las últimas anotaciones en mi diario, en las que cuento qué pasó y con qué personas, aunque en ocasiones la persona soy yo.


9 enero - 2026

Me he encontrado a M.ª José en el médico. Ya no me conocía, ya no se acordaba de mí, ni de la escuela mía, ni de la suya, ni de aquellos años que pasamos juntos, y en los que tantas cosas me enseñó. Yo aún me acuerdo de ella, es una persona que siempre tendré presente y de la que nunca podré olvidarme. Si me olvido de ella será porque ya no me acuerdo de nada.


15 enero - 2026

He estado viendo fotografías de mis viajes y he sentido una enorme tristeza. Sentía que algo se me escapaba, y se me escapaba para siempre. Yo me veía allí con mis ilusiones, mis ilusiones de ver y de conocer el pasado y el legado de otros hombres. Ya no creo que me encuentre con el pasado de nadie. Ni siquiera con el mío, porque mi pasado ya pasó.


17 enero – 2026.

He estado escuchando canciones de cuando yo era jovencito, de mis dieciséis, diecisiete y dieciocho años. Y esa música me transportó a un tiempo perdido, a un tiempo que pasó lleno de anhelos, ilusiones y proyectos. Todo se perdió, se perdió en el tiempo y no queda nada. Solo queda una gran soledad en el alma.


18 enero - 2026

Vuelvo a escuchar canciones, canciones que desbordaban mi alma. Eran ilusiones por venir, y yo las veía venir por allí, por el sendero del Soto, entre los árboles, o por el jardín de San Antonio, por donde jugaba con Inmaculada, o por cualquier parte, aunque no importaba por donde venían, lo importante era,…. que venían. Ahora a mis años no viene ninguna. Todas se van, se alejan, ya están muy lejos, ya no las puedo ni tocar, pero aún queda un humo, una estela, un recuerdo que ya casi no es ni recuerdo.


20 enero - 2026

Voy con Aymara al Centro Médico. Estamos esperando y pasa la neuróloga que la vio en enero pasado.

Ella le pregunta que tal está. Aymara me mira, la mira a ella y dice:

- No sé quien es usted, no la conozco. No la he visto nunca. No la conozco.

Aymara me miró con una mirada especial. Era una mirada interrogadora, con esperanza, con tristeza, buscando apoyo. Sentí una gran pena al verla así. Iba perdiendo su vida, y yo lo iba viendo. Dentro de un poco de tiempo ¿se acordará de su nieto Oliver? ¿Cuándo dejará de acordarse de su nieta Isabella? ¿Qué valor tiene el recuerdo? Si ya no recordamos ¿qué nos queda? Ahora mi vida es un recuerdo de cosas que me pasaron y de personas con las que estuve. Si se van esos recuerdos ¿qué quedará?


25 enero - 2026

Tengo muchos años. Siento que la muerte está muy cerca, pero curiosamente, no me genera miedo. De ella no me llega un grito desde la oscuridad, sino más bien un susurro que me invita a soltar el poco equipaje que tengo.

Miro mis manos y lo que tengo en ellas. Mis manos no están vacías. Están bastante llenas de trabajo, esfuerzo y dedicación a los demás: a mi familia y a otros.

Ahora encuentro pleno sentido a la frase: “Toma lo que se te ofrece cada día por sencillo que sea y ponle amor” Ya solo puedo disfrutar de las cosas sencillas, de las cosas simples: el sabor del café por la mañana, la cara de cualquiera de mis nietas cuando me miran y me sonríen, la cara de Aymara cuando le digo lo rico que está el pescado. Cualquiera de estas cosas no son una banalidad, ni una rutina. Ni tampoco momentos de aburrimiento. Son despedidas dulces, momentos de una belleza especial que solo se tienen cuando se aprecia y se disfruta de la esencia de las cosas.

Ya no le pido nada al futuro. Ya solo vivo el presente y disfruto con recuerdos de mi pasado. Con aquellos recuerdos de momentos en que fui completamente feliz, en que toqué la felicidad.

No sé qué hay tras el umbral, pero estoy listo para cruzarlo como quien vuelve a casa después de un viaje muy largo: cansado, pero con la paz de haberlo recorrido todo.