lunes, 17 de agosto de 2020

El cementerio

         EL CEMENTERIO

         El día de Todos los Santos, el 1 de noviembre, por la tarde, iba con mis abuelos o con mis padres al cementerio. Allí no había nadie de mi familia, pero era la costumbre y había que ir, como toda la gente. Yo recuerdo haber escuchado a la abuela Carmen decirme que así rezaba por su madre y por sus hijos. A la abuela se le murieron 9 hijos, cada uno en un sitio y su madre no sé donde murió. De su padre no me debió hablar casi nunca porque no recuerdo nada.

          Volvíamos del cementerio aún de día (por la noche no se andaba por el campo) y al llegar a casa las campanas de la catedral empezaban a tocar a muerto. Era un sonido muy triste. Duraba mucho rato, yo creo que casi toda la noche. Esa tarde había que estar triste, era como pecado estar alegre y reírse. En la radio sólo había música clásica y no la escuchábamos. Jugábamos un poquito a las cartas o al parchís y luego a acostar. Y siempre el sonido de las campanas.

         La abuela Carmen encendía muchas lamparillas que ponía en una taza sobre aceite. Eran por sus muertos. Ponía unas pocas y sólo sé que una era por su madre. Las demás nunca me dijo por quien eran o si me lo dijo no lo recuerdo.

         De mayor he conocido los posibles significados de esas luces, de esas lamparillas.  Por un lado son un recuerdo de aquellas personas queridas. Por otro se enciende la luz para que no se acerquen y no nos hagan ningún mal, no nos lleven con ellos. Y por otro se encienden para que esa luz les guíe en el camino hacia Dios, hacia el cielo.

         Cuando íbamos a acostar las luces de las lamparillas iluminaban la cocina. La luz temblaba. Se escuchaban las campanas y no me quería quedar el último. Quería que cuando mirase para atrás pudiese ver a alguien todavía detrás mío. Así, si venían las ánimas a mi no me cogerían.

         ¡Qué triste era la Noche de Todos los Santos!

martes, 21 de julio de 2020

Un viejecito


UN VIEJECITO.
         Yo tenía sobre 10 u 11 años. Algunas mañanas, cuando iba al colegio me cruzaba con un viejecito antes de atravesar el arco de la catedral. Le recuerdo con su cuerpo menudo, algo encorvado, vestido de oscuro, con una gorra de visera como la que llevaba mi abuelo Isidoro y con un gran mostacho blanco. Andaba despacio, tranquilo, como solían andar los ancianos en aquella época. Debía de venir de la Casa de las Carnicerías, la que mandó construir Felipe II, pues en la mano llevaba un envoltorio en el que a veces se veía un trozo de carne o de tocino. Siempre que me cruzaba con él le miraba; a veces, cuando iba por la acera de enfrente, me paraba para mirarle más tiempo. No sé por qué lo hacía, pero aquel anciano tenía un cierto atractivo para mí, sentía como una cierta conexión espiritual con él. Para mi irradiaba ternura y bondad. A mí me daba pena verle tan solo, con su pequeño envoltorio y andando tan despacito. Nunca supe quién era, ni donde vivía, ni qué había sido, ni nada de él. Fue una de esas almas que se cruzó en mi camino y nada más. Y a mis 74 años ¿por qué me seguiré acordando de él?

lunes, 13 de julio de 2020

Avila - el Grande


AVILA - EL GRANDE
         
         El Grande era el centro de Ávila, era la plaza más importante y como estaba muy cerca de la casa de mis padres yo jugué mucho allí. Además, cuando empecé a estudiar el bachillerato e iba al Colegio Diocesano, pasaba por ella casi todos los días al ir o al volver del colegio.
         ¡Se me agolpan los recuerdos del Grande! ¡Son tantos!
Recuerdo las cucañas en las fiestas de la Santa, cucañas que me gustaba mucho mirar y a las que nunca me atreví a intentar subir.
         Me parece que era en las fiestas de la Santa cuando me entusiasmaba con Chacolí, el muñeco protagonista del teatro de marionetas, y gritaba con todos los demás niños lo que nos mandaba ese muñeco u otro cualquiera. También durante las fiestas de la Santa ponían cine al anochecer y los niños nos poníamos por detrás del telón y veíamos la película sin que nadie nos agobiase. Los fuegos artificiales eran allí, como siempre los fuegos artificiales eran la ilusión y la fantasía hecha colores. Eran diferentes de los fuegos de ahora; eran fuegos sujetos a unos palos y normalmente eran ruedas que giraban y giraban y cambiaba el color de los cohetes.
De vez en cuando, algún domingo, tocaba la banda de música, y los niños correteábamos mientras los mayores escuchaban; yo a veces también escuchaba.
         ¡Cuántas veces he jugado en la arena a las bolas! Había dos juegos, uno era el guá; el otro era jugar a las bolas y consistía en poner unas bolas de barro en los vértices de un triángulo y que había que dar con otra bola de china o de cristal (las de acero eran rarísimas y casi nadie las tenía). Las bolas las comprábamos en los puestos que había en los arcos de los soportales. En aquellos puestos comprábamos todas las chucherías que había entonces. ¡Cuánto dábamos de sí los céntimos que teníamos! Unos céntimos de pipas, regaliz, una bolita de chicle, un pirulí (un caramelo de color rojo en forma de cono), un martillo (un caramelo como el anterior, pero con forma de martillo), regaliz de palo y unas cuantas chucherías más pero no muchas.  

          Cuando llegaba el buen tiempo (mayo, junio) jugábamos a las chapas. Jugábamos a la vuelta ciclista. Hacíamos carreteras por la tierra y por allí iban las chapas de los escasos refrescos que había. Las chapas eran un tesoro dada su escasez. Por aquellas fechas era la Vuelta Ciclista a España y las noticias de la radio nos debían animar a emular con nuestras chapas las grandes hazañas de Trueba, Langarica, Bahamontes, Loroño, Poblet, etc.
         La Palomilla era otro lugar de juego. La Palomilla era el monumento de la Santa con unas barras y unos pivotes no muy altos alrededor. De pequeño no jugaba allí porque los mayores lo ocupaban todo y las distancias eran muy grandes para mí. Recuerdo una vez que intentamos jugar como los mayores, me caí y me di un buen golpe en las rodillas.  Debía llorar bastante y una señora se acercó y me dijo:
-          Los hombres no lloran, aunque se vean con las tripas en la mano.
Y yo la contesté:
- Sí, pero yo no soy un hombre. Yo soy un niño.
         Empecé a ir al bar Pepillo desde que era muy pequeño. Allí iba algunas tardes, a mis 6-7 años, con mi abuela y mi tía a ver las actuaciones de algunas cantantes. Me parecían unas mujeres muy guapas. Me enamoré de una que tenía el pelo rubio y muy largo, de la forma que se puede uno enamorar a esa edad.
         ¡Cuántos ratos he pasado mirando el escaparate y por la puerta de Casa Guerras para ver los animales disecados! ¡Me parecían tan bonitos!
         Y luego esos rincones, esos lugares que no tenían nada de especial, pero que constituyen como el decorado de un escenario en que transcurrió gran parte de mi vida, lugares llenos de recuerdos, de pinceladas emotivas:
- Los leones de las esquinas del espacio central y de los bordes de las escaleras, donde nos resguardábamos cuando hacia aire y frío. Y allí, apretaditos como gorriones o como pollitos, los niños hablábamos de nuestras cosas.
- Los taxis que estaban en la parte opuesta a los soportales, debajo de la arena, o junto a la muralla, a los que tocábamos un momento la válvula de las ruedas y creíamos que les habíamos quitado el aire.
- Los bares a los que entrábamos a pedir: “Por favor, me puede dar un vaso de agua”. Y esos bares eran Pepillo, el Águila, el Oro del Rhin, la Viña, Piquio y algún otro más cuyo nombre ya no recuerdo.
- La pastelería del Buen Gusto, que estaba en la calle Estrada, junto a Piquío, donde de muy tarde en tarde me compraban una berlinesa.
- El reloj de la relojería, Kaiser que indicaba el momento de ir a casa o que aún podía seguir un rato más jugando o paseando por allí.
- Las carteleras de los cines, de obligada visita los domingos y a las que miraba con frecuencia casi todos los días porque soñar e imaginar lo bonitas que podían ser las películas no costaba nada.
- Ya en la calle San Millán estaba Casa Calvo, el de las pipas, el de las mejores pipas de Ávila, que tenía dos canarios en la puerta, uno blanco y otro amarillo, y que yo miraba y miraba siempre que pasaba por allí. ¡Me gustaban tanto los canarios! ¡Tenía tantas ganas de tener uno en mi casa!
- Y ya de mayor, a los 14, 15 años pasear por el Grande para ver a las chicas que me gustaban: Marivi, las Palentinas, Amalia, y otras de las que nunca supe ni su nombre. Era pasear una y otra vez y cada vez que nos cruzábamos las miraba. ¡Eso era todo! ¡Con las chicas no se hablaba! ¡Ya iría con ellas cuando fuese mayor!
- Los carritos de los helados que se ponían en el verano en la arena. Helados que sólo comía los domingos, cuando me daban unos céntimos o una peseta de propina. Todavía viven algunos de los hombres y mujeres que los vendían cuando yo era niño. Ya son unos ancianos.
 
- Casa Teto, el único lugar de Ávila donde vendían periódicos y donde más cuentos y tebeos había. Cuando había colecciones de cromos era donde casi todos los niños los comprábamos y a su puerta nos reuníamos espontáneamente para cambiarlos. Yo entraba a comprar los cromos, pero eso no era muy frecuente. El olor de los periódicos o de la tinta, no sé bien a qué olía, lo tengo muy metido, pues todos los domingos, y creo que muchos sábados, entraba con mi padre y mi abuelo a comprar el Pueblo y el ABC.
De jovencito empecé a leer el ABC. Sobre todo leía la primera página interior, que muchas veces era una especie de comentario literario o artículo de opinión sobre cosas muy variadas. Recuerdo vagamente uno en el que se hablaba de los jóvenes que llegaban a Madrid no como lugar de paso, sino como lugar donde buscar un trabajo cómodo y estable, lejos del ideal aventurero que según el autor debían tener los jóvenes.
Recuerdo muy especialmente un artículo, cuyo autor y cuyo título desconozco, que influyó notablemente en mí. Me parece que era un comentario sobre un poeta o pensador, y allí leí unos párrafos que me impactaron, que nunca jamás he olvidado y que muchas veces he tenido en cuenta a la hora de actuar. Más o menos aquellos párrafos decían así:
“Toma lo que se te ofrece cada día por sencillo que sea y ponle amor”
“La vida se nos da, y nos la merecemos dándola”
Estas frases, y otras del Evangelio, son las que más han influido en mi vida. Y todo esto lo recuerdo ahora que estoy escribiendo sobre el Grande, sobre una época en que yo era niño.
Hoy ya no se llama casa Teto. Sólo las personas mayores lo conocen por ese nombre, y yo que ya soy más mayor que joven no sé llamarle de otra manera, y además no sé cómo se llama. Todavía los niños actuales, los del 2010, se siguen reuniendo a su puerta para cambiar los cromos repetidos.
La vida, los hechos, las emociones y los sentimientos humanos son siempre los mismos o muy parecidos. Aquí en el Grande también ocurre eso.















miércoles, 8 de julio de 2020

En una perdida colegiata

EN UNA PERDIDA COLEGIATA

Estoy en una hermosa colegiata gótica de una nave, amplia, espaciosa, luminosa.  Entra un anciano muy anciano, se sienta muy cerca de mí y se queda rezando o pensando. Con paso vacilante coge una vela y la pone junto a una imagen ¿Qué sentimientos anidan en su corazón? ¿Qué le habrá pedido a la imagen? ¿Por qué pondrá una vela? ¿Qué pasará cuando ya no pueda venir a ponerla? Siento una extraña sensación al ver a este anciano, le sigo con mi mirada, veo como lentamente, arrastrando los pies sale de la iglesia y desde el fondo de mi corazón le digo adiós porque estoy seguro de que nunca más le volveré a ver. Hemos sido dos seres cuyas vidas han coincidido en el tiempo y en el espacio durante un instante y lo más probable es que nunca más volverán a coincidir.
            Empieza a sonar una música de flauta. Es una música dulce, melancólica, pura. Me estoy un rato aquí, escuchando, sintiendo esta música, sintiendo este producto de una vida, pues ¿en qué cosa mejor se puede emplear el tiempo de la vida que en sentirla y en sentir los productos de ella en toda su pureza y en toda su desnudez?

lunes, 29 de junio de 2020

Mis abuelos maternos. Recuerdos.


MIS ABUELOS MATERNOS
RECUERDOS
         El abuelo Isidoro era alto, delgado, con una cara muy agradable. Era una cara amable, cariñosa, sonriente. Siempre llevaba una gorra de visera, como las que uso yo. Quizá la elección de mi tipo de gorra venga de él, de perpetuar en mi inconsciente algo de él para que no haya muerto del todo.
         Yo era muy niño. Por las noches, antes de acostarme el abuelo me contaba un cuento. El que recuerdo era el del lobo y los 7 cabritos; sobre todo el pasaje en que el lobo metía la pata en harina para que se le pusiera blanca y al enseñarla por debajo de la puerta, los cabritos creyesen que era su madre. Todo transcurría sentado en sus rodillas, en la cocina, en una cocina oscura, iluminada por una débil bombilla, con la abuela en el rincón al lado de la placa de cocinar, con su aire triste y resignado.
         Es un recuerdo vago pero muy querido y muy entrañable para mí.  Yo debía tener 5 ó 6 años. Eran las fiestas del pueblo y por la noche había “pólvora” (fuegos artificiales). Tengo la imagen de ir agarrado de la mano del abuelo Isidoro camino de la plaza. La “pólvora” de entonces eran unas ruedas sujetas a unos palos que la “pólvora” hacía girar y girar. Yo miraba aquello con ojos de asombro y con un cierto temor, pero la mano de mi abuelo me daba protección y seguridad.
Tendría sobre 9 ó 10 años cuando visité la fábrica de cemento ASLAND en Villaluenga de la Sagra (Toledo). Allí trabajaban dos de mis tíos y el abuelo. Solo me acuerdo de un gran taller, lleno de correas de transmisión que iban desde un larguísimo eje que estaba en lo alto, hasta las máquinas que estaban en el suelo y que manejaban los obreros. Recuerdo al abuelo, con su martillo en la mano y su cara tan agradable, con aquella eterna sonrisa. El abuelo estaba en mangas de camisa, era el herrero, su trabajo consistía en hacer piezas para las máquinas que se estropeaban. Siempre que he visto trabajar a un herrero a la vieja usanza, con el martillo, el yunque y las tenazas, me he acordado de mi abuelo, y me he sentido orgulloso de ser el nieto de un herrero.
Mi abuelo Isidoro era un hombre que amaba andar y andaba mucho, muchísimo. Iba de Villaluenga de la Sagra a Toledo y volvía en el día; total eran unos 44 ó 45 kilómetros andando. Cuando salía de trabajar, siendo yo un niño de 8 ó 9 años, me llevaba a pasear hasta la Cruz del Galleguito. Íbamos hablando cosas, me imagino que las cosas de las que pueden hablar un niño y su abuelo. La cruz del Galleguito era una piedra sobre el suelo, donde murió un gallego que vivía en el pueblo. Yo no le veía nada de especial, ahora que soy un anciano sí que se lo veo. Esas cruces son lugares donde perviven en el recuerdo el alma y el espíritu de personas que ya murieron, y que a veces conocimos y otras no. Yo ahora, cuando llego a la Cruz del Galleguito me encuentro con el alma de mi abuelo y de otras personas con las que allí fui y que ya abandonaron este mundo: mi madre, mi tío Pablo, mi tía Pili. Pero también me encuentro con el Galleguito, un alma perdida, desconocida, pero al fin y al cabo, un alma.
Tenía sobre 13 ó 14 años. Era por la mañana. El abuelo me dijo que si nos íbamos dando un paseo hasta Yuncler, un pueblecito cercano. Le dije rápidamente que sí porque pasábamos por delante de la casa de Carolina, una niña de mi edad que me gustaba mucho, de la que estaba enamorado con esos amores de jovencito en los que solo con verla ya se daba uno por satisfecho. Y allá nos fuimos el abuelo y yo. Ya no recuerdo si vi a la jovencita o no, pero sí me acuerdo del abuelo, de sus alpargatas con las que andaba tan ligero, de su compañía, de su voz suave y sosegada y de su mirar hacia los lejanos horizontes de la Sagra. De la niña que estaba enamorado no me acuerdo, de quien sí me acuerdo es del abuelo. Y yo me pregunto e intento recordar ¿Cuándo me enamoré del abuelo?
         Nunca tuve mucho trato con la abuela Soledad. Su sordera hacía muy difícil la comunicación con ella. La recuerdo vestida de negro, con su mandil también negro o de un gris muy oscuro, con su moño y sobre todo recuerdo los besos que me daba cuando llegaba a su casa y cuando nos marchábamos. No me daba un beso o dos, me daba un montón de ellos. Me besaba como nadie me ha vuelto nunca a besar.
         Cuando murió el abuelo, a los 86 años, y me volvía para Madrid, la abuela Soledad me dijo que le llevase a la niña, a mi hija, para conocerla. Mi hija tenía sobre 5 ó 6 meses. A las dos o tres semanas la llevé, pero cuando llegué me enteré que la abuela había muerto. Nadie me avisó de su fallecimiento. Me dio mucha pena que no conociese a mi hija, a su bisnieta, a la única que habría conocido.
         El abuelo Isidoro y la abuela Soledad siempre estuvieron juntos. Tuvieron seis hijos, les tocó vivir la guerra civil y compartieron todas las tristezas y todas las alegrías. Compartieron todo. A sus 86 años, que eran muchos para el 1969, el abuelo llegó de su paseo diario; no se encontraba bien y se acostó. A la mañana siguiente estaba muerto. La abuela no lloraba, suspiraba y decía ¡Ay Dios mío! Cuando ya me había marchado para Madrid y sus hijos se estaban despidiendo para irse a sus casas le dio una especie de trombosis. Ya no se levantó de la cama y a los 15 días ella murió, tenía 82 años. El médico dijo: Se ha muerto de pena. El abuelo Isidoro y la abuela Soledad compartieron todo. Hasta la muerte la compartieron.


domingo, 21 de junio de 2020

Avila - El Rastro.


AVILA - EL RASTRO
El Rastro fue el lugar principal de mis juegos de niño, de mis paseos de adolescente y de adulto y uno de esos lugares que siempre me ha parecido maravilloso incluso después de haber visitado lugares que se encuentran entre los más hermosos del planeta. La verdad es que para mí el Rastro también se encuentra entre esos lugares, entre los lugares más hermosos de la Tierra. ¿Cabe un paseo más bonito que uno que tenga a un lado una muralla románica magníficamente conservada y al otro un dilatado valle al que, muy a lo lejos, cierran unas montañas?
En las peñas del Rastro me acostumbré a subir por las rocas. En ellas se desarrolló mi imaginación y la de mis compañeros de juegos. Allí, en lo alto, había una cabaña; más abajo estaba el caballo con dos sillas, aunque la mejor era la delantera; más allá estaba el tobogán por el que nos deslizábamos después de echar abundante tierra para ir más rápidos; el tobogán era un sitio que tenía un encanto especial ¡se bajaba tan bien! Pero tenía un inconveniente y era que se rompían los pantalones con el roce, y si bajábamos sólo rozando los pies la velocidad era mucho menor con lo que la emoción y el encanto disminuían.
Después de muchos, muchísimos años, mis nietas, de 4 y 6 años, han estado en el tobogán. Han subido a lo más alto y, sin que las dijese nada, se les ha ocurrido tirarse por el tobogán al igual que lo hacíamos los niños hace más de 50 años. No cabe duda que la forma de la roca invita a tirarse resbalando por ella.
Desde unas rocas era accesible un pequeño hueco en la muralla. En ese hueco guardábamos los tesoros, tesoros que juntábamos entre los niños y que consistían en algún cromo, alguna chapa de una bebida un poco rara, alguna cuenta de un collar roto, una punta para jugar al hinque, alguna bola de barro o de china y alguna cosita más por el estilo. Con esos tesoros queríamos emular a los piratas que guardaban maravillosos tesoros en islas secretas y cuyo paradero estaba señalado en mapas muy difíciles de interpretar.   Y ya casi al final del Rastro, o casi al principio según por donde se considerase el inicio, estaban el avión y la silla del rey. Nos sentábamos en el avión, echábamos tierra y el polvo era el humo del motor y empezábamos a volar hacia cualquier parte; todo el cielo era para nosotros. La silla del rey era un lugar más soso. Casi nunca jugábamos allí. No había a nada que jugar pues un rey no se estaba sentado.
         Ahora estos lugares están vacíos de niños, los niños de ahora no necesitan imaginar casitas, aviones, coches, camiones, ni nada por el estilo, porque los tienen en los parques y en muchos rincones de su urbanización o en rincones de la ciudad. La imaginación no se utiliza  porque ahí está la realidad. Ya no soy niño ni lo podré volver a ser; tampoco puedo sentir o imaginar lo que siente un niño de ahora frente a la casita, el cochecito o el avión que está en el parque; pero aquella imaginación que teníamos que usar los niños de entonces me ha servido para apreciar la belleza de muchas cosas aparentemente simples, sencillas. Cosas simples y sencillas que se transforman en maravillosas por la fuerza de nuestra ilusión, porque la imaginación ve ilusiones.
         ¡Qué bonito era jugar a hacer polvo! Era uno de nuestros juegos favoritos, era como jugar a la guerra, a la guerra que veíamos en las películas, guerra en la que siempre triunfaba el bueno y en la que nadie moría pues, aunque dijeran que el malo había muerto no era verdad, luego le volvíamos a ver en otra película. Eran guerras en las que sólo había humo y ruido. Pero había un inconveniente: si había alguna persona mayor sentada cerca nos regañaba y teníamos que dejar de jugar, por eso aprovechábamos los ratos en que no había nadie cerca.
         ¡Cuánto me ha gustado y me gusta pasear por el Rastro! ¡Cómo me gustaba y me gusta escuchar los vencejos al final de la primavera y comienzos del verano! ¡Cómo me gustaba y me gusta ir caminando lentamente y contemplar las maravillosas puestas de sol que se ven desde aquí! La amplitud del cielo, la amplitud del horizonte, hace de este lugar uno de los mejores para ver un soberbio espectáculo siempre igual y siempre diferente. A mi nieta Alicia, que ahora tiene 4 años, también le gusta mucho ver las puestas de sol; se queda callada, mirando y de repente dice: ¡Mira abuelo, el cielo está de  todos los colores! ¡Está rojo, rosa, azul, gris! ¡Y hasta está verde! Los niños aprecian muy bien la belleza de las cosas.
         Pero además del Rastro Grande está el Rastro Chico. Cuando era niño y jovencito allí estaba el viejo edificio de la Biblioteca que durante el verano prestaba libros para leerlos en el jardín. Yo tenía muy pocos libros en mi casa, casi nadie los tenía, y los de esta biblioteca fomentaron y saciaron mi afición a la lectura. Durante el verano iba casi todas las mañanas a leer allí. Me sentaba en un banco y leía y leía: primero cuentos, luego, cuando fui creciendo todas las novelas de Emilio Salgari y cuando crecí más todos los libros de historia y de arte. ¡Con qué agrado recuerdo muchas de aquellas lecturas!
Las novelas de Salgari me parecían maravillosas, era un mundo fantástico de aventuras en lugares remotos, y todo había que imaginárselo pues no había ninguna ilustración. Cuando he sido mayor, muy mayor, y he podido viajar a alguno de esos lugares que imaginaba, he sentido una gran emoción al ver que  mis sueños eran realidad, que al fin he logrado ver lo que de niño había imaginado y que era casi tal como lo había imaginado; y desde esos lugares exóticos y lejanos he recordado el Rastro, y me he visto allí sentado, a la sombra de un árbol, leyendo e imaginando, al tiempo que oía cantar un verdecillo y veía al levantar la cabeza el valle Amblés y la sierra del Zapatero.
Y todo esto ocurrió en el Rastro Chico, a la sombra de los castaños de indias y de las acacias de bola; y al arrullo del agua que caía en la fuente.

Ángel Rodríguez Cardeña

jueves, 18 de junio de 2020

Carta que nunca mandé

CARTA QUE NUNCA MANDÉ

         Hola.
            Todos los días espero un mensaje tuyo. Pero no llega. La verdad es que no hay ningún motivo para recibirlo, no tienes por qué contestar. Lo busco porque lo deseo.  A mi manera te deseo, deseo verte, oír tus palabras, escuchar tu risa. Deseo acariciarte, rozarte con mis dedos. Pero no es posible, y lo único que puedo tener son tus palabras. Por eso las deseo.
         Hoy te recuerdo mucho, y en un intento de no estar siempre pensando en ti he salido a pasear, pero mi alma enseguida se escapaba contigo.
            Hoy ha sido un precioso día de otoño. Paseaba por jardines de hojas otoñales, cálidas. Y tú decías: ¡qué belleza, que hermosura! Y yo miraba y buscaba esa belleza y esa hermosura, pero solo veía la tuya.
            Y hoy he querido embriagarme de ti, y he releído varios versos de Pablo Neruda. Y los he leído con calma… y con sentimiento. Son unos versos bellísimos, y por y para ti escogí especialmente estos:
Yo te recordaba con el alma apretada
de esa tristeza que tú me conoces.
Entonces, ¿dónde estabas?
¿Entre qué gentes?
¿Diciendo qué palabras?
¿Por qué se me vendrá todo el amor de golpe
cuando me siento triste, y te siento lejana?

            ¿Y por qué no te acercas un poco y así escuchas mi adiós?

Ángel Rodríguez Cardeña

Paseándonos por el bosque de Sajambre


Papá me ha mandado una foto tuya. En estos días te veo especialmente guapa y preciosa. La naturaleza está bellísima en esta época del año, en el otoño, y creo que se pone tan bonita porque tiene celos de ti y quiere competir en belleza contigo, pero no, no le sirve de nada. Tú sigues ganando.  
         Estoy en Asturias, emborrachándome de la belleza de su naturaleza. Tu foto la tengo en mi teléfono que uso como cámara y así siempre estás presente.
          Y en estos bosques, y en estos lugares pienso en ti. Bueno, no es que pensase en ti, lo que ocurre es que en muchos momentos estás conmigo y hablamos de lo que vemos y yo disfruto viendo tu cara y tus ojos al tiempo que saboreamos este paisaje tan maravilloso. Los colores de aquí saben a caramelo.
            De vez en cuando paramos para pasear y para sentir el frescor y la caricia del aire. Y en el bosque de Sajambre es uno de los lugares en donde paramos. Y paseando vemos unos árboles con barbas. Son los primeros que vemos y nos quedamos mirándolos con atención.
         ¿Y cómo es que tienen barba?, me preguntas. Y el árbol que estaba más cerca nos contestó: Hoy se ha retrasado la peluquera que viene a cortarnos la barba.
          Nos quedamos sorprendidos, pero no nos duró mucho la sorpresa porque enseguida apareció una pequeña duendecilla y empezó a cortarle la barba.
         Pero como había tantos árboles vinieron más duendecillos, peluqueras y peluqueros, para tardar menos. Y en un pispás dejaron a los árboles sin barba, les dejaron todos guapos y elegantes.
         Y no solo les cortaron las barbas, sino que también les maquillaron, les limpiaron las uñas y les dieron un poco de colorete. ¡Y qué bonito se quedó el bosque!
          Ahora en el otoño los bosques de hayas están maravillosos. Son magia en estado puro. Y sí, hemos disfrutado mucho, porque en medio de la magia corrías, te escondías detrás de un árbol y aparecías sonriente y te reías y reías. Jugábamos al escondite y me era muy difícil encontrarte pues tus ojos verdes se confundían con los verdes que también hay en el bosque. Y después de jugar al escondite nos fuimos a buscar setas, setas de caramelo y chocolate, que son las que hay en estos momentos en que todo es más dulce. Y así pasamos la tarde, en un lugar maravilloso, en un lugar mágico, en un lugar de ensueño.          
         Y todo esto sucedió en el bosque de Sajambre, un bosque que se llenó de magia, sueños y encantos solo con pensar en ti.
                  
Abuelo Ángel.
Ángel Rodríguez Cardeña

A orillas del río Miño


A ORILLAS DEL RIO MIÑO
         Estoy en Ourense y voy hacia Tuy siguiendo lo más posible la orilla del río Miño, donde todo es una borrachera de un maravilloso paisaje. Es un paisaje amable que endulza y suaviza el alma. Todo es un contemplar sereno, sin sobresaltos, pero no es un contemplar monótono. La belleza del lugar siempre es la misma, pero se manifiesta con nuevos matices, con nuevos colores, que son una delicia para el espíritu. Paro mi automóvil muchas veces a lo largo de este recorrido y doy un pequeño paseo solo para contemplar.  Paseo lentamente para poder mirar más y más tiempo. Y si a la ida veo una cosa, a la vuelta veo otra. Pero no es extraña esta borrachera de paisaje, pues estoy en la zona del vino de Ribeiro.
         Y el paisaje no solo son los campos, los cultivos y el río. También son las pequeñas aldeas, las casas perdidas en medio del campo. Siento un especial cariño por unas y otras. De ellas emana un algo que impregna todo el paisaje, quizá ese algo sea el alma profunda del pueblo gallego. Hombres y mujeres que trabajaron y vivieron aquí, que aquí soñaron, que aquí tuvieron sus ilusiones, sus desengaños y sus sufrimientos. Hombres y mujeres que tuvieron que emigrar para poder comer, pero que siempre llevaron en su alma el recuerdo de la tierra que les vio nacer y a la que siempre desearon volver. Quizá por eso esta tierra sea tan acogedora para el espíritu, quizá muchos de esos hombres y mujeres no pudieron volver, pero su espíritu sí que volvió y es el que nos recibe a los que por aquí venimos y lo hace de esa manera tan dulce y tan amable. Tan dulce y tan amable como es el alma del pueblo gallego.
         El Miño transcurre tranquilo. Parece que no se mueve, que todo se ha paralizado, que hasta el tiempo se ha detenido. Pero si nos fijamos bien vemos que todo se va moviendo tal como se mueve la vida día a día: sin pausa, sin descanso, sin vuelta atrás. Y este descanso y esta tranquilidad permite disfrutar de las pequeñas cosas: de ese grupito de árboles, de esos hórreos en los que se esconde el fruto de la tierra, de aquellas casitas que se reflejan en el agua, de tantas y tantas cosas como va acariciando el Miño.
         El Miño es un río que va a dar a la mar, que en este caso no es el morir. Y no es el morir porque va al país de los atlantes, de los gigantes que sujetan la tierra, los que recogen el sol todas las tardes por el oriente y le vuelven a llevar hacia occidente por donde tiene que salir todas las mañanas. Y estos atlantes cogen el agua del Miño y la devuelven a su nacimiento al igual que hacen con el sol. Y el agua que recorre una y otra vez los mismos lugares ya sabe por donde tiene que ir más deprisa, donde se tiene que remansar, donde tiene que ser como un espejo y donde tiene que enamorar. El río Miño es un río que enamora, enamora los sentidos y sobre todo enamora el alma.


Ángel Rodríguez Cardeña