CON ANA.
Yo, Ángel, entro en el metro con mi hija Ana en brazos. Ella todo lo mira y todo la asombra. Lo dice con un ¡Uh!, con su índice señalando el lugar y con sus ojitos llenos de asombro. Solo tiene un año. Este es uno de los sitios que más le gusta. Pero no le gusta montar. Le gusta estar en el andén. Cuando escucha que se acerca un tren se echa hacia delante, para verlo mejor. Luego, cuando se para y las puertas se abren haciendo ruido, me mira, señala con su dedito el tren y emite un sonido que quiere decir fíjate que bonito y que chuli es esto. Miraba con atención al tren cuando antes de partir pitaba y se cerraban las puertas haciendo ruido. Se volvía a inclinar hacia delante cuando se metía en el túnel, luego me miraba, movía su manita y me decía: ¡ya se fue! Seguro, seguro que eso era lo que quería decir. Todo el tiempo la tenía en brazos, no quería que la bajase. Si hacía intención de marcharme ella protestaba y se movía con una claro gesto de oposición. Así me tenía veinte o veinticinco minutos.
El tiempo no pasaba. El tiempo con Ana era un disfrute perpetuo, y esa perpetuidad hacía que yo me sintiese importante, importante de estar y disfrutar con ella. Casi todos los atardeceres paseábamos por la Gran Vía de Madrid. Le encantaba ver los anuncios luminosos que se encendían y apagaban, los semáforos, los escaparates y sobre todo el escaparate de una tienda que sólo vendía muñecas. Las miraba y las miraba y de vez en cuando me miraba y señalaba con el dedo y decía ¡Uuhh!. En ese instante mucha gente solo la miraba a ella, pues era más bonita que todas las muñecas juntas. Voy a confesar la verdad. Yo la llevaba allí solo para mirarla y sentirme importante. Importante por tener la hija más preciosa que se puede tener.
Han pasado cincuenta y siete años y todavía me acuerdo.
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