NUNCA TUVE COMPLETA SEGURIDAD: RECUERDOS BORROSOS.
Ir a ver los patos.
Esta historia de los patos es un poco compleja. Mis padres me contaron como salí de casa y me fui a ver unos patos que había en un estanque , según se iba hacia Sto. Tomás. Por ello sé lo que pasó y cómo pasó, pero también me veo a mi mismo yendo hacia el pilón de los patos y me veo sentado en un pequeño terraplén contemplándolos. ¿Y cómo es esto posible? ¿Cómo voy a recordar viéndome a mí mismo? Yo nunca me he visto a mi mismo. Cuando me he visto ha sido porque me han hecho una foto, pero nunca más.
Aclarado este punto voy a contar lo que recuerdo y veo. Me veo andando con mis pantaloncitos cortos por la plaza del Grande, mirando hacia el frente y luego bajando la cuesta de Sto. Tomás. Mientras lo hago busco con la mirada donde está el pilón o estanque de los patos. Veo el estanque pero no a los patos. Bajo corriendo, y al llegar les veo en una sombra. Hay uno que es un macho. Lo sé por los colores que tiene. Me siento en un pequeño montículo. Estoy cerca de ellos. Se levantan todos y se van a nadar al estanque. Les miro durante un rato y… ya no me acuerdo de más.
Ver la pólvora con el abuelo.
También era pequeño. Tendría cinco o seis años. Eran las fiestas del pueblo de mi madre. Habíamos ido a ver a los abuelos. Esa noche había fuegos artificiales.
Salí con el abuelo para ver la “pólvora” que ponían en la plaza. Todo estaba muy oscuro. Había pocas bombillas y casi no daban luz. Me agarré de su mano. El abuelo andaba despacio y se iba muy bien con él. No recuerdo si hablamos el uno con el otro. Posiblemente algo hablaría para que nadie nos asaltase. Si hablábamos se oiría su voz y los posibles asaltantes sabrían que iba con un hombre mayor, y ya no me harían nada.
En la plaza había bastantes palos como los de la luz, clavados en el suelo y con cosas en la parte de arriba. Esas cosas eran la pólvora. Un señor se acercó a uno, arrimó un cigarro a una especie de cuerda, que con un chisporroteo llegó arriba y aquello empezó a echar chispas de colores. Después de un ratito hizo una explosión muy fuerte y se apagó. El señor del cigarro iba encendiendo más. Al final encendió tres al mismo tiempo y daban y daban vueltas como los molinillos de viento. Estos me gustaban mucho. Eran como magia en colores, con tantas chispas como salían. ¿Quemarían esas chispas? Quizás se lo pregunté al abuelo, pero a lo mejor no. Quizás no quise romper la magia de la primera pólvora que veía. Este es un recuerdo muy entrañable para mí. Yo creo que es mi primer recuerdo de verdad.
Hablar con aquella chica en Arenas.
No me acuerdo de su nombre, ni veo su cara ni su cuerpo a través del tiempo. Pero me acuerdo de ella de vez en cuando, de tarde en tarde. Y eso que han pasado más de sesenta años.
Mi primo y yo estábamos con Teresa, la hija de Angelita, amiga de mi madre y de mi tía Carmen. Hablábamos de todo y de nada, de los estudios, de lo que hacíamos en el verano, de cosas de las que se puede estar hablando mucho tiempo pero que en realidad no interesan a nadie. Y apareció ella. Venía a buscar a Teresa. Nos quedamos mirándonos. Nos presentaron y yo seguía mirándola y ella a mí. Teresa propuso sentarnos en un terraza y eso hicimos.
Nos sentamos uno al lado del otro y empezamos a conversar, a conversar nosotros dos sin interesarnos por la conversación entre mi primo y Teresa. Y hablamos y hablamos de todo y de nada. Yo estaba como en una nube. Todo lo que decía ella me parecía magnífico, maravilloso. No recuerdo nada de lo mucho que hablamos, solo recuerdo lo feliz que era. Yo disfrutaba de su compañía, de estar junto a ella, de su sonrisa, de su alegría y de la risa de sus ojos.
Nos separamos. Y nos separamos para siempre. No recuerdo si nos dimos los teléfonos y las señas. Si nos los dimos nunca los utilizamos, ni yo los suyos ni ella los míos.
Lo único que recuerdo de aquella mujer es un momento de felicidad.
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