ALGO QUE NO VOLVERÍA A HACER
Mientras estuve estudiando bachillerato en el colegio, fui muy feliz. Tenía muchos amigos, jugaba a lo que me gustaba, aprobaba todas las asignaturas y no tenía que darme panzadas a estudiar. Pero siempre hay un “pero”, una china que se mete en el zapato y molesta un montón. Hubo un hecho del que me avergüenzo, un hecho de cuando tenía doce o trece años y que aún no se me ha olvidado.
Había un compañero de clase que se llamaba Jose Luis Gutiérrez, al que todos llamábamos Guti. Yo le tenía mucha manía. Me caía muy mal por nada especial. Le tenía manía porque sí, por esa característica que tienen los niños de ser muy crueles algunas veces sin motivo aparente. Casi nunca jugaba con él en el recreo, y si lo hacía era porque otros le habían escogido para su equipo. Hablar, hablaba poco con él, lo imprescindible y siempre de malos modos por mi parte. Le hablaba como con desprecio, como si fuera inferior a mí, como si fuera tonto o bobo. El nunca me hizo frente, ni siquiera verbalmente. Y claro está, no tenía ningún motivo para pegarme con él. Hasta eso me sentaba mal.
Guti vivía por la zona de San Roque. No sé ni cómo ni porqué, pero el caso es que un día fuimos otro niño y yo detrás de él, haciéndole burla, diciéndole cosas hirientes y riéndonos de él. Él no se enfrentó a nosotros, nos miraba, pero no nos decía nada. Eso me exasperaba más. Ya cerca de su casa empezamos a tirarle piedras porque sí, porque había que hacerle la puñeta, porque había que fastidiarle lo más posible, porque se merecía que le tirásemos piedras porque tenía cara como de triste, porque era un cobarde que no se defendía de ninguna manera.
Le di con una piedra en la cabeza y se cayó al suelo llorando. Yo me asusté mucho y salí corriendo hacia mi casa. El otro niño que venía conmigo también salió corriendo, pero en otra dirección. Yo corría y corría hacia mi casa pero no sabía por qué. Llegué a casa, no dije nada a mis padres y no me tranquilicé. Toda la tarde estuve pendiente de si alguien llamaba a la puerta y era la policía, que me venía a buscar, pues a lo mejor le había hecho una herida muy grande y le tenían que haber llevado al hospital. Nadie fue por la tarde ni por la noche a mi casa.
Al día siguiente iba al colegio con miedo y con vergüenza. Si estaban allí sus padres yo no podía justificar mi acción porque era injustificable. ¿Y qué hacer si estaba la policía allí? Lo descarté rápidamente porque en las películas no salía que la policía fuese a buscar a un niño al colegio.
Entré y le vi con un pequeño esparadrapo. Suspiré aliviado. Ni yo le dije nada ni él me lo dijo a mí. Lo que sí hicimos fue mirarnos el uno al otro. Verle frente a mí, con su cara de buenazo, con el esparadrapo en la frente me llenó de vergüenza. No me atreví a pedirle perdón, pero a partir de aquel momento no me volví a meter con él nunca más. Es más, creo recordar que hasta dejó de caerme mal.
Aquel niño se marchó de Ávila y nunca jamás he vuelto a verle ni a saber nada más de él. Desde aquí, cuando han pasado muchos años de aquel suceso, le pido perdón. Aunque quizá él nunca lea estas frases, pero es la única manera que tengo de paliar aquella enorme injusticia.
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