viernes, 22 de mayo de 2026

La explanada de San Vicente.

 La explanada de San Vicente.

Los jardines de San Vicente, a mis 7 años, no existían. Solo había una gran explanada delimitada por las murallas, la basílica románica de San Vicente,del s.XIII, y la calle de San Segundo, con viejas casas de la época de Maricastaña (s.XV y XVI). Algunas tardes, al salir de la escuela, nos dirigíamos allí para jugar al fútbol. No había mejor sitio en todo el centro de Ávila: nadie nos reñía y la pelota no se iba demasiado lejos. El campo se extendía entre dos cubos de la muralla, con las porterías marcadas por nuestras carteras o nuestra ropa.

Jugar al fútbol era casi siempre un problema, pues rara vez teníamos una pelota en condiciones. Sabíamos que existían los balones de cuero, pero solo los conocíamos de oídas. Los de goma eran escasos, se rompían con facilidad y los que los tenían ya los tenían rotos o sus padres no les dejaban sacarlos para no romperlos. En esa época, los juguetes no se regalaban por cumpleaños ni se compraban sin un motivo especial; tenían que durar mucho tiempo, como casi todo. Total, que jugábamos poco al balón y muchas veces con una pelota de trapos cosidos que enseguida estaba deshecha.

Fueron tantos los años y las veces que jugué en este lugar, que yo tengo cariño a este sitio y él también me tiene cariño a mi, es un sitio de amor recíproco. Los goles, caídas y celebraciones de aquellos partidos no se perdieron; se quedaron entre aquellos cubos de la muralla, donde aún resuena el impacto del balón y las voces y risas de los niños que convertimos la historia en nuestro propio campo de juego.

En mayo o junio, si el partido se acababa pronto, y aún podíamos estar más rato en la calle, nos entreteníamos en tirar piedras a los vencejos, y es que en esas fechas abundaban en San Vicente, pues hacían sus nidos en los huecos de las murallas. Al atardecer se formaban grandes bandadas que volaban casi en círculo. Los niños cogíamos piedras y las tirábamos todos a la vez cuando la bandada pasaba junto a la muralla, en un intento de matar algún pájaro. Lo hacíamos porque sí, por pasar el rato. Por suerte para los vencejos nunca conseguimos dar a ninguno.

Hacía poco, se había rodado una película, ambientada en la Edad Media, en la explanada, con torneos de caballeros a caballo que todos habíamos presenciado. Desde entonces convertimos la explanada en nuestro campo de honor para celebrar desafíos. No recuerdo cómo empezaba, pero un día uno decía: "Mañana por la tarde, tenemos desafío contra los de la carbonería, o los de San Segundo, o los del Corralón”. Y allí nos reuníamos los dos bandos, frente a frente, a una distancia prudencial, con piedras que habíamos guardado en los bolsillos o apilado en el suelo. Nos las tirábamos hasta que nos cansábamos o hasta que una piedra daba bien a algún niño y le hacía daño. Después, venían los comentarios:

  • "Menos mal que me agaché, si no me da en la cabeza".

  • "Yo levanté la pierna y una piedra solo me rozó un poco".

  • "Pues yo le tiré una a Luisito, y si no se mueve, le doy bien".

De la misma manera que no recuerdo como empezaron aquellos desafíos, tampoco recuerdo como terminaron. Hubo un momento en que ya no hubo más. A nadie se le ocurrió decirlo o proponerlo. Debe ser que el “rollo” de la película se terminó y ya no se pudo rodar más.

Los domingos por la tarde, alrededor de las cinco, podía ocurrir un acontecimiento que eclipsaba cualquier desafío o partido de fútbol. Bastaba que alguien gritara: "¡Hay bautizo en San Vicente!". Todos íbamos hacia la puerta sur de la iglesia. Cuando la familia salía, cantábamos:

  • "Eche usted, padrino,
    no se lo gaste en vino.
    Eche, eche, eche,
    no se lo gaste en leche".

El padrino nos tiraba puñados de monedas de 5 y 10 céntimos, que todos recogíamos. Cuando los del bautizo se marchaban, nos uníamos, juntábamos todas las monedas, que no solían sumar más de tres pesetas, y nos íbamos a comprar chucherías a los puestos del Grande.

Esa puerta de San Vicente, donde esperábamos a los del bautizo, era y es, un lugar nuestro. Muchas veces he vuelto por allí. Las estatuas románicas de esa puerta me miran de otra manera. Allí quedó anclada mi emoción a la espera de la salida del bautizo. Hoy, a mis años, allí no hay solo una basílica románica, allí están parte de las vivencias de mi niñez.

Ya no hay casi niños por allí. Y las murallas y las estatuas de San Vicente están cada vez un poco más tristes.



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