viernes, 22 de mayo de 2026

Reir y llorar. En el taller de fundición de ENSIDESA

 REÍR Y LLORAR. EN EL TALLER DE FUNDICIÓN DE ENSIDESA

El calor en el taller de fundición es una presencia física que envuelve y ahoga. El aire vibra con el zumbido de los hornos. Huele a fuego, y huele a negro del carbón. Hay ruido, mucho ruido: puentes grúas de un lado para otro, lingotes de fundición que se descargan bruscamente y ensordecen el lugar, y el olor sucio, agrio y seco del carbón quemado se pega a la garganta. Allí estábamos los dos, frente a la boca del infierno, moviendo el combustible con las horcas de mango largo. El sudor me inundaba y hasta empapaba el mandil de cuero que tenía puesto.

Ocurrió en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, en uno de esos momentos en que el azar y la distracción se alinean de forma cruel. Estábamos rellenando un horno cubilote: una cantidad de carbón, encima una cantidad de minerales de potasio y calcio, y sobre eso una cierta cantidad de lingotes de fundición. Y después a volver a hacer lo mismo. El carbón y los minerales los echábamos con unas horcas (una especie de palas que son como tenedores). Estábamos concentrados en esta tarea. Julián estaba al otro lado. . En un movimiento mal coordinado yo echaba el último carbón con la horca, él empezaba a echar a mano los lingotes de fundición. Mi horca y su mano coincidieron en el mismo lugar, y antes de que pudiese decir “cuidado” uno de los pinchos de la horca se clavó en la palma de su mano izquierda.

Él soltó el lingote, se agarró la muñeca y me miró con una mezcla de sorpresa absoluta y dolor punzante. Yo también miré. Vi la sangre roja, brillante, empezando a brotar.

Mi reacción debería haber sido soltar la horca, pedirle disculpas a gritos y salir corriendo a buscar ayuda y el botiquín de primeros auxilios. Pero el cerebro humano es una máquina extraña. Entonces ocurrió algo terrorífico. Algo que no pude controlar y que todavía me persigue. Sentí una presión en el pecho, un nudo que subía por mi garganta. Y de repente, estalló. No fue un lamento, sino una carcajada.

Yo no me lo creía, no me lo podía creer. Intenté reprimir otra posible carcajada mordiéndome los labios. Pero la imagen de su cara —esa expresión de incredulidad, como si yo le estuviera gastando una broma pesada— se metió en mi mente y la risa brotó de mis pulmones de una manera violenta. Me di la vuelta para no mirarle y para que él no viese mi cara.

—¿De qué te ríes, idiota? —gritó él, apretando los dientes, mientras la sangre salía por el pinchazo.

Yo quería responder. De verdad quería decirle: "Lo siento, no sé qué me pasa". Pero cada vez que intentaba articular una palabra, solo salía una especie de hipo agudo que se transformaba en otra ráfaga de risa histérica. Era una risa nerviosa, fuera de control, de esas que aparecen en los funerales o en los momentos más inoportunos de la vida. Era la válvula de escape de algo que yo tenía dentro y que tenía que escapar.

En el taller, el resto de los operarios empezaron a fijarse. El contraste era grotesco: yo reía y reía, mientras él sostenía su mano herida.

Por dentro, yo estaba desesperado. Mi mente gritaba "¡Para ya!", pero lo que causaba mi risa tenía otros planes. Cada vez que veía la horca me reía más, me parecía como un payaso que había hecho una trastada y ahora estaba tan tranquilo y tan serio, como un buen chico.

Pasaron lo que parecieron horas, aunque probablemente solo fueron un par de minutos. Finalmente, el ataque empezó a remitir, dejando tras de sí un vacío absoluto y un dolor punzante en los costados. El silencio que se hizo en nuestra sección, solo roto por el rugido lejano de los extractores, era sepulcral.

Él seguía allí, mirándome con una hostilidad gélida. Ya se había envuelto la mano con un trapo que empezaba a mancharse de rojo.

—Ya has terminado el espectáculo, ¿no? —dijo con una voz cargada de veneno.

Bajé la cabeza, sintiendo el peso de la vergüenza. La risa se había ido tan rápido como llegó, dejándome con una sensación de culpa que quemaba más que el carbón. No había una explicación que pudiera sonar razonable.

—Perdóname —le dije—. Ha sido el calor... yo... no sé qué me ha pasado.

Él no contestó. Simplemente se dio la vuelta y caminó hacia la enfermería, dejándome solo frente al horno. Me quedé allí, con la horca en la mano, sabiendo que, a partir de ese día, el silencio en el taller sería mucho más pesado que cualquier lingote de hierro.

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