ESO QUE SIENTO POR TI.
Tenía sobre siete u ocho años. Era por la mañana. El abuelo me dijo que si nos íbamos dando un paseo hasta el puente de Toledo, un lugar cercano. Le dije que sí, y allá nos fuimos el abuelo y yo. Me acuerdo de él, de sus alpargatas con las que andaba tan ligero, de su voz suave y sosegada y de su mirar hacia los lejanos horizontes. Me acuerdo perfectamente de aquel paseo. Me veo al abuelo y a mí subir la suave cuesta y y sobre todo bajarla. Bajarla y ver el dilatadísimo horizonte. Un lugar ideal para llevar a pasear el alma, un lugar donde se suben y bajan pequeñas lomas, y que en cada una de ellas la vista es diferente, y las ilusiones y esperanzas también varían. Yo creo que por allí el alma se enamora. Y yo me pregunto ¿En qué lugar, por qué sitios yo me enamoré del abuelo?
No se me olvida aquella primera vez, ni aquel paseo. Fue como la confirmación de que ya era un chico mayor y que ya podía ir a cualquier sitio.
Pasaron los años. Tenia 13. Recuerdo que estaba durmiendo y me despertaron mis padres para decirme que el abuelo se había muerto, y se iban a Madrid al entierro. Mi hermana y yo nos quedábamos en Ávila, con una mujer que era amiga de mi madre.
Era domingo. Yo lloré mucho. ¡Quería tanto al abuelo! Creo que era la persona a la que más quería. Por la mañana me fui hasta “la mina de cobre”, con un martillo de la mano para coger un trozo bonito de malaquita o azurita para él, para el abuelo. Eran como mis flores. Por el camino de ida iba llorando. En el camino de vuelta también venía llorando.
Comí con mi hermana y con la señora que era amiga de mi madre. Después de comer me fui por la carretera de Toledo hasta el puente. Por el camino iba llorando acordándome de él; fui hasta allí porque ese lugar era el que más me unía afectivamente con él. He vuelto muchas veces paseando, siempre me he sentado en el pretil del puente, al igual que hice entonces, y siempre recuerdo la primera vez que fui allí con mi abuelo Ángel. Siempre que paso por allí, aunque sea en coche, me acuerdo de él, y ya han pasado casi 70 años.
Los edificios, los puentes, los caminos, todos los lugares, están llenos de recuerdos de las personas. Y esos recuerdos, de cosas agradables o desagradables, le dan un algo especial a ese lugar; lo hacen más humano, le dan más vida. Por eso cuando se destruyen esos viejos lugares, esos viejos caminos y esos viejos edificios, algo muere del espíritu del hombre, algo muere dentro de algunas personas. Menos mal que el puente de Toledo no lo han tirado.
Mis padres volvieron al día siguiente de Madrid. Yo seguí llorando durante algún tiempo. Con mis lágrimas también salió mi angustia, mi gran preocupación. Habría ido el abuelo ¿al cielo o al infierno? ¿o a lo mejor había ido al purgatorio? El único pecado que yo concebía que habría podido cometer era no ir a misa un domingo. Y eso era pecado mortal, y el que moría en pecado mortal iba irremediablemente al infierno, para siempre, para toda la eternidad. Yo quería volver a verle, pero solo le podría volver a ver en el cielo. Quizás, si se hubiese arrepentido antes de morir iría al purgatorio, y oyendo misas y pidiendo por él, cuando saliese iría al cielo, allí ya no sufriría, allí nos encontraríamos.
¿Y mis pensamientos serían correctos? ¿O estaría equivocado? Para salir de dudas lo consulté con un sacerdote que me transmitía mucha confianza. Fue tajante: si había muerto en pecado mortal su destino irremediable era el infierno. Por si este sacerdote se había confundido se lo pregunté a otro. La respuesta fue idéntica. Y se lo pregunté a un tercero. Los tres opinaban lo mismo. ¿Cómo salí de este callejón sin salida? Me autoconvencí que estaba en el purgatorio y que algún día saldría de allí.
Y estos pensamientos eran los que tenía un niño de 13 años que recibía educación en el mejor colegio de Ávila, porque allí iban todos los hijos de la gente bien de la ciudad y provincia, a lo que había que añadir el hecho de que todos los profesores, excepto dos, eran sacerdotes, grandísimos expertos en teología, ética y moral, latín, filosofía, geografía e historia y literatura. Pero creo que ninguno sabía nada de psicología ni de cómo tratar con niños. ¡Pero era el mejor colegio de Ávila!
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