viernes, 22 de mayo de 2026

Algo que no volvería a hacer

 ALGO QUE NO VOLVERÍA A HACER

Mientras estuve estudiando bachillerato en el colegio, fui muy feliz. Tenía muchos amigos, jugaba a lo que me gustaba, aprobaba todas las asignaturas y no tenía que darme panzadas a estudiar. Pero siempre hay un “pero”, una china que se mete en el zapato y molesta un montón. Hubo un hecho del que me avergüenzo, un hecho de cuando tenía doce o trece años y que aún no se me ha olvidado.

Había un compañero de clase que se llamaba Jose Luis Gutiérrez, al que todos llamábamos Guti. Yo le tenía mucha manía. Me caía muy mal por nada especial. Le tenía manía porque sí, por esa característica que tienen los niños de ser muy crueles algunas veces sin motivo aparente. Casi nunca jugaba con él en el recreo, y si lo hacía era porque otros le habían escogido para su equipo. Hablar, hablaba poco con él, lo imprescindible y siempre de malos modos por mi parte. Le hablaba como con desprecio, como si fuera inferior a mí, como si fuera tonto o bobo. El nunca me hizo frente, ni siquiera verbalmente. Y claro está, no tenía ningún motivo para pegarme con él. Hasta eso me sentaba mal.

Guti vivía por la zona de San Roque. No sé ni cómo ni porqué, pero el caso es que un día fuimos otro niño y yo detrás de él, haciéndole burla, diciéndole cosas hirientes y riéndonos de él. Él no se enfrentó a nosotros, nos miraba, pero no nos decía nada. Eso me exasperaba más. Ya cerca de su casa empezamos a tirarle piedras porque sí, porque había que hacerle la puñeta, porque había que fastidiarle lo más posible, porque se merecía que le tirásemos piedras porque tenía cara como de triste, porque era un cobarde que no se defendía de ninguna manera.

Le di con una piedra en la cabeza y se cayó al suelo llorando. Yo me asusté mucho y salí corriendo hacia mi casa. El otro niño que venía conmigo también salió corriendo, pero en otra dirección. Yo corría y corría hacia mi casa pero no sabía por qué. Llegué a casa, no dije nada a mis padres y no me tranquilicé. Toda la tarde estuve pendiente de si alguien llamaba a la puerta y era la policía, que me venía a buscar, pues a lo mejor le había hecho una herida muy grande y le tenían que haber llevado al hospital. Nadie fue por la tarde ni por la noche a mi casa.

Al día siguiente iba al colegio con miedo y con vergüenza. Si estaban allí sus padres yo no podía justificar mi acción porque era injustificable. ¿Y qué hacer si estaba la policía allí? Lo descarté rápidamente porque en las películas no salía que la policía fuese a buscar a un niño al colegio.

Entré y le vi con un pequeño esparadrapo. Suspiré aliviado. Ni yo le dije nada ni él me lo dijo a mí. Lo que sí hicimos fue mirarnos el uno al otro. Verle frente a mí, con su cara de buenazo, con el esparadrapo en la frente me llenó de vergüenza. No me atreví a pedirle perdón, pero a partir de aquel momento no me volví a meter con él nunca más. Es más, creo recordar que hasta dejó de caerme mal.

Aquel niño se marchó de Ávila y nunca jamás he vuelto a verle ni a saber nada más de él. Desde aquí, cuando han pasado muchos años de aquel suceso, le pido perdón. Aunque quizá él nunca lea estas frases, pero es la única manera que tengo de paliar aquella enorme injusticia.



Anotaciones en mi diario

  ANOTACIONES EN MI DIARIO.

Estas son las últimas anotaciones en mi diario, en las que cuento qué pasó y con qué personas, aunque en ocasiones la persona soy yo.


9 enero - 2026

Me he encontrado a M.ª José en el médico. Ya no me conocía, ya no se acordaba de mí, ni de la escuela mía, ni de la suya, ni de aquellos años que pasamos juntos, y en los que tantas cosas me enseñó. Yo aún me acuerdo de ella, es una persona que siempre tendré presente y de la que nunca podré olvidarme. Si me olvido de ella será porque ya no me acuerdo de nada.


15 enero - 2026

He estado viendo fotografías de mis viajes y he sentido una enorme tristeza. Sentía que algo se me escapaba, y se me escapaba para siempre. Yo me veía allí con mis ilusiones, mis ilusiones de ver y de conocer el pasado y el legado de otros hombres. Ya no creo que me encuentre con el pasado de nadie. Ni siquiera con el mío, porque mi pasado ya pasó.


17 enero – 2026.

He estado escuchando canciones de cuando yo era jovencito, de mis dieciséis, diecisiete y dieciocho años. Y esa música me transportó a un tiempo perdido, a un tiempo que pasó lleno de anhelos, ilusiones y proyectos. Todo se perdió, se perdió en el tiempo y no queda nada. Solo queda una gran soledad en el alma.


18 enero - 2026

Vuelvo a escuchar canciones, canciones que desbordaban mi alma. Eran ilusiones por venir, y yo las veía venir por allí, por el sendero del Soto, entre los árboles, o por el jardín de San Antonio, por donde jugaba con Inmaculada, o por cualquier parte, aunque no importaba por donde venían, lo importante era,…. que venían. Ahora a mis años no viene ninguna. Todas se van, se alejan, ya están muy lejos, ya no las puedo ni tocar, pero aún queda un humo, una estela, un recuerdo que ya casi no es ni recuerdo.


20 enero - 2026

Voy con Aymara al Centro Médico. Estamos esperando y pasa la neuróloga que la vio en enero pasado.

Ella le pregunta que tal está. Aymara me mira, la mira a ella y dice:

- No sé quien es usted, no la conozco. No la he visto nunca. No la conozco.

Aymara me miró con una mirada especial. Era una mirada interrogadora, con esperanza, con tristeza, buscando apoyo. Sentí una gran pena al verla así. Iba perdiendo su vida, y yo lo iba viendo. Dentro de un poco de tiempo ¿se acordará de su nieto Oliver? ¿Cuándo dejará de acordarse de su nieta Isabella? ¿Qué valor tiene el recuerdo? Si ya no recordamos ¿qué nos queda? Ahora mi vida es un recuerdo de cosas que me pasaron y de personas con las que estuve. Si se van esos recuerdos ¿qué quedará?


25 enero - 2026

Tengo muchos años. Siento que la muerte está muy cerca, pero curiosamente, no me genera miedo. De ella no me llega un grito desde la oscuridad, sino más bien un susurro que me invita a soltar el poco equipaje que tengo.

Miro mis manos y lo que tengo en ellas. Mis manos no están vacías. Están bastante llenas de trabajo, esfuerzo y dedicación a los demás: a mi familia y a otros.

Ahora encuentro pleno sentido a la frase: “Toma lo que se te ofrece cada día por sencillo que sea y ponle amor” Ya solo puedo disfrutar de las cosas sencillas, de las cosas simples: el sabor del café por la mañana, la cara de cualquiera de mis nietas cuando me miran y me sonríen, la cara de Aymara cuando le digo lo rico que está el pescado. Cualquiera de estas cosas no son una banalidad, ni una rutina. Ni tampoco momentos de aburrimiento. Son despedidas dulces, momentos de una belleza especial que solo se tienen cuando se aprecia y se disfruta de la esencia de las cosas.

Ya no le pido nada al futuro. Ya solo vivo el presente y disfruto con recuerdos de mi pasado. Con aquellos recuerdos de momentos en que fui completamente feliz, en que toqué la felicidad.

No sé qué hay tras el umbral, pero estoy listo para cruzarlo como quien vuelve a casa después de un viaje muy largo: cansado, pero con la paz de haberlo recorrido todo.



La explanada de San Vicente.

 La explanada de San Vicente.

Los jardines de San Vicente, a mis 7 años, no existían. Solo había una gran explanada delimitada por las murallas, la basílica románica de San Vicente,del s.XIII, y la calle de San Segundo, con viejas casas de la época de Maricastaña (s.XV y XVI). Algunas tardes, al salir de la escuela, nos dirigíamos allí para jugar al fútbol. No había mejor sitio en todo el centro de Ávila: nadie nos reñía y la pelota no se iba demasiado lejos. El campo se extendía entre dos cubos de la muralla, con las porterías marcadas por nuestras carteras o nuestra ropa.

Jugar al fútbol era casi siempre un problema, pues rara vez teníamos una pelota en condiciones. Sabíamos que existían los balones de cuero, pero solo los conocíamos de oídas. Los de goma eran escasos, se rompían con facilidad y los que los tenían ya los tenían rotos o sus padres no les dejaban sacarlos para no romperlos. En esa época, los juguetes no se regalaban por cumpleaños ni se compraban sin un motivo especial; tenían que durar mucho tiempo, como casi todo. Total, que jugábamos poco al balón y muchas veces con una pelota de trapos cosidos que enseguida estaba deshecha.

Fueron tantos los años y las veces que jugué en este lugar, que yo tengo cariño a este sitio y él también me tiene cariño a mi, es un sitio de amor recíproco. Los goles, caídas y celebraciones de aquellos partidos no se perdieron; se quedaron entre aquellos cubos de la muralla, donde aún resuena el impacto del balón y las voces y risas de los niños que convertimos la historia en nuestro propio campo de juego.

En mayo o junio, si el partido se acababa pronto, y aún podíamos estar más rato en la calle, nos entreteníamos en tirar piedras a los vencejos, y es que en esas fechas abundaban en San Vicente, pues hacían sus nidos en los huecos de las murallas. Al atardecer se formaban grandes bandadas que volaban casi en círculo. Los niños cogíamos piedras y las tirábamos todos a la vez cuando la bandada pasaba junto a la muralla, en un intento de matar algún pájaro. Lo hacíamos porque sí, por pasar el rato. Por suerte para los vencejos nunca conseguimos dar a ninguno.

Hacía poco, se había rodado una película, ambientada en la Edad Media, en la explanada, con torneos de caballeros a caballo que todos habíamos presenciado. Desde entonces convertimos la explanada en nuestro campo de honor para celebrar desafíos. No recuerdo cómo empezaba, pero un día uno decía: "Mañana por la tarde, tenemos desafío contra los de la carbonería, o los de San Segundo, o los del Corralón”. Y allí nos reuníamos los dos bandos, frente a frente, a una distancia prudencial, con piedras que habíamos guardado en los bolsillos o apilado en el suelo. Nos las tirábamos hasta que nos cansábamos o hasta que una piedra daba bien a algún niño y le hacía daño. Después, venían los comentarios:

  • "Menos mal que me agaché, si no me da en la cabeza".

  • "Yo levanté la pierna y una piedra solo me rozó un poco".

  • "Pues yo le tiré una a Luisito, y si no se mueve, le doy bien".

De la misma manera que no recuerdo como empezaron aquellos desafíos, tampoco recuerdo como terminaron. Hubo un momento en que ya no hubo más. A nadie se le ocurrió decirlo o proponerlo. Debe ser que el “rollo” de la película se terminó y ya no se pudo rodar más.

Los domingos por la tarde, alrededor de las cinco, podía ocurrir un acontecimiento que eclipsaba cualquier desafío o partido de fútbol. Bastaba que alguien gritara: "¡Hay bautizo en San Vicente!". Todos íbamos hacia la puerta sur de la iglesia. Cuando la familia salía, cantábamos:

  • "Eche usted, padrino,
    no se lo gaste en vino.
    Eche, eche, eche,
    no se lo gaste en leche".

El padrino nos tiraba puñados de monedas de 5 y 10 céntimos, que todos recogíamos. Cuando los del bautizo se marchaban, nos uníamos, juntábamos todas las monedas, que no solían sumar más de tres pesetas, y nos íbamos a comprar chucherías a los puestos del Grande.

Esa puerta de San Vicente, donde esperábamos a los del bautizo, era y es, un lugar nuestro. Muchas veces he vuelto por allí. Las estatuas románicas de esa puerta me miran de otra manera. Allí quedó anclada mi emoción a la espera de la salida del bautizo. Hoy, a mis años, allí no hay solo una basílica románica, allí están parte de las vivencias de mi niñez.

Ya no hay casi niños por allí. Y las murallas y las estatuas de San Vicente están cada vez un poco más tristes.



Eso que siento por tí.

 ESO QUE SIENTO POR TI.

Tenía sobre siete u ocho años. Era por la mañana. El abuelo me dijo que si nos íbamos dando un paseo hasta el puente de Toledo, un lugar cercano. Le dije que sí, y allá nos fuimos el abuelo y yo. Me acuerdo de él, de sus alpargatas con las que andaba tan ligero, de su voz suave y sosegada y de su mirar hacia los lejanos horizontes. Me acuerdo perfectamente de aquel paseo. Me veo al abuelo y a mí subir la suave cuesta y y sobre todo bajarla. Bajarla y ver el dilatadísimo horizonte. Un lugar ideal para llevar a pasear el alma, un lugar donde se suben y bajan pequeñas lomas, y que en cada una de ellas la vista es diferente, y las ilusiones y esperanzas también varían. Yo creo que por allí el alma se enamora. Y yo me pregunto ¿En qué lugar, por qué sitios yo me enamoré del abuelo?

No se me olvida aquella primera vez, ni aquel paseo. Fue como la confirmación de que ya era un chico mayor y que ya podía ir a cualquier sitio.

Pasaron los años. Tenia 13. Recuerdo que estaba durmiendo y me despertaron mis padres para decirme que el abuelo se había muerto, y se iban a Madrid al entierro. Mi hermana y yo nos quedábamos en Ávila, con una mujer que era amiga de mi madre.

Era domingo. Yo lloré mucho. ¡Quería tanto al abuelo! Creo que era la persona a la que más quería. Por la mañana me fui hasta “la mina de cobre”, con un martillo de la mano para coger un trozo bonito de malaquita o azurita para él, para el abuelo. Eran como mis flores. Por el camino de ida iba llorando. En el camino de vuelta también venía llorando.

Comí con mi hermana y con la señora que era amiga de mi madre. Después de comer me fui por la carretera de Toledo hasta el puente. Por el camino iba llorando acordándome de él; fui hasta allí porque ese lugar era el que más me unía afectivamente con él. He vuelto muchas veces paseando, siempre me he sentado en el pretil del puente, al igual que hice entonces, y siempre recuerdo la primera vez que fui allí con mi abuelo Ángel. Siempre que paso por allí, aunque sea en coche, me acuerdo de él, y ya han pasado casi 70 años.

Los edificios, los puentes, los caminos, todos los lugares, están llenos de recuerdos de las personas. Y esos recuerdos, de cosas agradables o desagradables, le dan un algo especial a ese lugar; lo hacen más humano, le dan más vida. Por eso cuando se destruyen esos viejos lugares, esos viejos caminos y esos viejos edificios, algo muere del espíritu del hombre, algo muere dentro de algunas personas. Menos mal que el puente de Toledo no lo han tirado.

Mis padres volvieron al día siguiente de Madrid. Yo seguí llorando durante algún tiempo. Con mis lágrimas también salió mi angustia, mi gran preocupación. Habría ido el abuelo ¿al cielo o al infierno? ¿o a lo mejor había ido al purgatorio? El único pecado que yo concebía que habría podido cometer era no ir a misa un domingo. Y eso era pecado mortal, y el que moría en pecado mortal iba irremediablemente al infierno, para siempre, para toda la eternidad. Yo quería volver a verle, pero solo le podría volver a ver en el cielo. Quizás, si se hubiese arrepentido antes de morir iría al purgatorio, y oyendo misas y pidiendo por él, cuando saliese iría al cielo, allí ya no sufriría, allí nos encontraríamos.

¿Y mis pensamientos serían correctos? ¿O estaría equivocado? Para salir de dudas lo consulté con un sacerdote que me transmitía mucha confianza. Fue tajante: si había muerto en pecado mortal su destino irremediable era el infierno. Por si este sacerdote se había confundido se lo pregunté a otro. La respuesta fue idéntica. Y se lo pregunté a un tercero. Los tres opinaban lo mismo. ¿Cómo salí de este callejón sin salida? Me autoconvencí que estaba en el purgatorio y que algún día saldría de allí.

Y estos pensamientos eran los que tenía un niño de 13 años que recibía educación en el mejor colegio de Ávila, porque allí iban todos los hijos de la gente bien de la ciudad y provincia, a lo que había que añadir el hecho de que todos los profesores, excepto dos, eran sacerdotes, grandísimos expertos en teología, ética y moral, latín, filosofía, geografía e historia y literatura. Pero creo que ninguno sabía nada de psicología ni de cómo tratar con niños. ¡Pero era el mejor colegio de Ávila!





martes, 1 de abril de 2025

Recuerdos: En una gran ciudad

 

EN UNA GRAN CIUDAD

        Voy en un viaje organizado. Hemos estado visitando unos pocos monumentos. El autocar nos deja donde están las tiendas que quieren visitar la mayoría de los viajeros. Quedamos en volver dentro de una hora a este mismo lugar. Yo no voy a comprar, yo voy a pasear.

        Intento pasear tranquilamente, pero en esta calle hay mucha gente que camina deprisa, que mira los escaparates, que entra y sale de los comercios, que mira y compra en los puestos de la calle. Todo está lleno de tiendas, de comercios, no muy grandes, de una variedad asombrosa: una tienda de teléfonos móviles, una peluquería, al lado una pajarería, luego de ropa de mujer, una frutería, una tienda de tabacos, una zapatería, una librería, una tienda de juguetes, una … una de lo que menos me puedo imaginar.

        Y acompañando a todo ésto, el tráfico. Coches que pitan, que aceleran, que frenan, que se paran, uno que se quiere meter, los otros que no le dejan, peatones que quieren pasar y sortean a los coches… Todo esto es una locura, una locura que miro y miro asombrado, pues no veo ningún accidente.

        Con tanto mirar la calle, los coches y las personas, el tiempo transcurre rápidamente. Vuelvo al punto de encuentro. Me siento en un banco. Vienen tres niños de unos diez años. Morenos, con el pelo negro y unos ojos oscuros preciosos, con esa mirada tan especial que solo tienen los niños. Se acerca el que tiene más cara de pillín y de atrevido. Me mira, me saluda y me ofrece una serpiente de madera por un euro. Le compro dos y le doy los dos euros. Su mirada cambia, y con esa nueva mirada me dice:

        - ¡Te voy hacer un regalo!

        Del bolsillo saca un taco de tiras de cartón, que en realidad son marcapáginas. Cuenta unas pocas y dice:

        - ¡Mira, te regalo diez!

        Le sonrío. Antes de dármelas añade: ¡no, te voy a regalar doce!

        Me las da. Le doy las gracias, añado otra sonrisa y él me dice:

    - ¡Te voy a dar también este otro marcapáginas que es el más bonito que tengo!

        Y me da uno de una tela como dorada.

        Le vuelvo a dar las gracias. Estrecho su mano. Sus ojos y su mirada son una sinfonía de matices. Él se marcha. Yo me quedo esperando a mis compañeros de viaje.

        Pasan solamente unos minutos y vuelvo a ver al niño, que viene corriendo, pero ahora en compañía de tres niñas.

        Reponiéndose de la carrera que se han echado, me dice:

        - Esta es mi hermana y vende muñecos a un euro cada uno.

        Son muñequitos de madera pintados de vivos colores; tienen un cierto parecido con las marionetas. La cara y los ojos de estas niñas son de expectación, de esperanza, de... son una maravilla.

        Compro dos muñecos, los ojos y la cara de la niña se hacen aún más preciosos.

        En ese momento salen mis compañeros de viaje del centro comercial y al ver los muñequitos los miran, hablan con las niñas y se animan a comprarlos. Total, que las tres niñas venden todos sus muñequitos en un pis – pas.

        Subimos al autobús. Los niños nos dicen adiós con sus manos y nos regalan sus caras llenas de alegría. Ellos se van con su dinerito, y tiempo libre para jugar, y nosotros con nuestros muñecos. ¡A veces, que poco cuesta ser feliz!

        Y todo esto ocurre en una gran ciudad del norte de África, pero podía haber ocurrido en otras muchas partes del Mundo.



jueves, 20 de febrero de 2025

Paco y su caminar al trabajo

 PACO Y SU CAMINAR AL TRABAJO

    Paco se despierta aún con sueño, bueno, le ha despertado la mierda del despertador. Se levanta, se ducha, se viste, desayuna y antes de salir se mira en el espejo. Se ve como todos los días. Nada ha cambiado. Quizás alguna arruga más, quizás algún pelo menos, pero lo demás sigue igual.

    Se va dando un paseo a su trabajo. Le gusta disfrutar de la mañana, de la luz, de los sonidos, de los colores y de los olores. Ya no disfruta del tacto de la mañana, pero cuando era niño sí que lo hacía, iba pasando las manos por las paredes y se sabía como eran todas desde su casa al colegio. Pero a la vuelta también lo hacía, y el tacto de las paredes había cambiado, ¿qué había cambiado? No sabía explicarlo, pero algo sí.

    Cuando pasa al lado del almacén de perfumería, le envuelve un olor a violetas y a lavanda. Un poco más allá, en el tostadero de Doroteo, huele a pipas, a cacahuetes y a pistachos. Y siempre está el olor del aire, porque aquí, a esta hora, el aire huele a limpio y huele a sol, al igual que por la noche huele a oscuridad y a luna.

    Y como siempre hace el mismo trayecto, se cruza con casi las mismas personas: con unas jovencitas que van al colegio y que a veces se ríen y llenan el aire de alegría; con las mujeres que barren su puerta y su trozo de acera y hablan las unas con las otras:

        - Anoche oí que llamaban a tu puerta un poco tarde.

        - Si, era mi hijo que se le había olvidado la llave.

        - Ya me imaginé yo que sería algo así.

     Y antes de entrar en la plaza, cuando escucha un taconeo grave y redondo se dice: ya va la jovencita de al lado del mercado a trabajar; y cuando los sábados por la mañana el que escucha es un taconeo más pausado, más agudo y mucho más breve, se pregunta ¿Qué tal se lo habrá pasado Charito esta noche? Y sabe que se llama Charito porque ha oído a otras mujeres del barrio decirle: ¡adiós Charito!.

    Cuando Paco vuelve a casa está lloviendo débilmente. Según va andando se ve solo, en busca de algo, o quizás de alguien que rompiere su soledad. Y esa soledad, y ese buscar un no sé qué que no tenía y que no sabía bien lo que era, lo paseó, por su recorrido de ir a trabajar, durante muchos años. Por la noche, las farolas que eran como esperanzas de futuras alegrías, de futuros momentos dichosos, siempre estaban solas. Nunca se acercó nadie a preguntarle algo, a hablar con él. Él, que sentía tantas cosas, se habría alegrado mucho si hubiere tenido con quien compartirlas.

    En su camino a casa bajo la lluvia suave, alguna que otra gota baja por su rostro y pasa por su boca. Saca la lengua y las saborea. La primera le supo a ilusión, las siguientes a cansancio, a desilusión, a fracaso, … ¡para qué seguir!.

    Seguía andando solo, resguardado por su gabardina. Menos mal que esa gabardina había sido de su padre y algo de compañía le daba. Menos mal que esa gabardina nunca le fallaba.


lunes, 3 de febrero de 2025

Placeres y Odios

 PLACERES Y ODIOS

La verdad es que lo único que odio es el ruido estruendoso, el ruido de esas motos a las que se les ha quitado el silenciador, o el ruido que hay en algunas plazas cuando actúa algún grupo musical, y tienen tan alto el volumen que miro a las paredes de los edificios para comprobar que no vibran y no se van a caer. Y este odio solo lo puedo emparejar con el inmenso placer que siento al recordar los juegos con mis nietas cuando eran pequeñas.

Iba a decir que los ruidos y chillidos de los niños a sus 3, 4, 5 y más años eran para mi odiosos y sumamente agradables a la vez. Pero eso es falso, porque solamente son agradables, muy agradables.

Mi nieta Alicia se subía al tobogán, se sentaba en el borde y se ponía a dar patadas en la rampa de deslizamiento. Si no le decía nada, ella gritaba:

- ¡Abelo, mira!

Yo le respondía:

- ¡Pero chica! ¡Que eso no se hace!

Y ella se reía y reía. Y Elena se incorporaba al juego, y algún que otro pequeño se autoinvitaba a la diversión y todo el jardín rebosaba de ruido y de alegría. De una alegría ruidosa o de unos ruidos alegres, que no sé bien cual escoger.

Y cuando jugábamos a hacer ruido nos poníamos los cuatro, Elena, Alicia, Lidia y yo a hacer una ristra de botes vacíos de bebidas, atándolos con una cuerda, y los llevábamos arrastrando por donde hiciesen más ruido. Rápido teníamos acompañamiento, y cuando nos marchábamos, o jugábamos a otra cosa, los instrumentos los reutilizaban otros niños. Y así el ruido y la alegría continuaban en el parque.

¿Y cómo voy yo a odiar ese ruido? ¿Y cómo no voy a disfrutar del ruido alegre y de la alegría del ruido?

Ángel Rodríguez Cardeña..