viernes, 9 de agosto de 2024

 PASEANDO POR AYAMONTE

    Ayamonte, donde desemboca el Guadiana, donde huele a mar; donde un hermoso puente, un puente como una telaraña, guarda la entrada del Guadiana; donde tristemente mueren los barcos, porque estos barcos de aquí mueren entre el fango, no en el fondo del mar, que ese es su sitio. Un poco más allá tres barcos están descansando. Quizá se han dormido y no han ido a faenar con los demás.

      Calles. Calles con casas de los siglos XVIII y XIX. Plazas. Plazas espaciosas llenas de palmeras y de bancos de azulejos; bancos que parecen sillones y que invitan aún más a descansar. Algarabía de los gorriones, hermosa algarabía que hace rebosar a la plaza de alegría. Hay una misteriosa brisa que sólo recorre las copas de las palmeras y hace balancear las palmas. Una jovencita muy guapa pasa a mi lado paseando a su perro y me dice ¡Buenos días! ¡Qué bien se está en esta plaza! Aquí no hay prisas ni agobios, aquí sólo se está, aquí sólo se siente el alma. La brisa ha bajado y remueve las hojas del cuaderno y el pelo de la señora que está en el banco. El mío no lo mueve porque no le tengo.

    Me levanto y sigo andando y veo gárgolas en las casas; y veo blancos, blanquísimos campanarios que destacan en el cielo; y veo viejos pozos y viejas cruces que parece que se hacen compañía; y veo torres de viejas iglesias y viejas personas quizá con el alma joven.

viernes, 2 de agosto de 2024

 LA ANTIGUA PLAZA DE ABASTOS

        La plaza de abastos estaba muy cerca de mi casa. Antes de mis 6 años. cuando empecé a ir al colegio debía ir allí casi todos los días con mi madre y mi abuela. Luego iba en muchas ocasiones a comprar algo que se hubiese olvidado. Era una plaza distinta a la de ahora, era de una sola planta y muy alta, con columnas de hierro; imagino que sería una de esas estructuras metálicas tan frecuentes al principio de siglo XX.

        Recuerdo perfectamente a la pollera, una señora bajita, gordita, vestida de negro y con un moño en la cabeza; mi abuela hablaba mucho con ella y mi madre también. Su recuerdo me resulta agradable. En los días cercanos a la Navidad se colocaban muchos vendedores de pollos vivos alrededor de la plaza; mi madre y mi abuela compraban los pollos unos días antes y los teníamos en casa, en el váter, atada una pata con una cuerda a una silla, alimentándolos con las sobras de la comida, migas de pan y en ocasiones triguillo. A mi me gustaba mucho mirarlos y cogerlos, luego me daba pena ver como les mataban.

        Las calles que rodeaban la plaza de abastos también me eran muy familiares. A la peluquería de Pompeyo iba una vez al mes aproximadamente; no me gustaba nada ir pues los pelos se me metían por el cuello y la espalda y me picaban mucho (entonces no había ducha para poder ducharse después de cortarse el pelo).

        El zapatero estaba un poquito más abajo; era un señor muy amable que me recibía con una sonrisa; a mi me gustaba mucho mirar como clavaba las puntas con una gran rapidez.

        Casa López, que estaba en la esquina, era la tienda de ultramarinos; muchos productos los tenían en cajones o en sacos; el aceite lo echaban con un aparato que me resultaba muy curioso; entonces no había plásticos y todo te lo daban envuelto en papel de estraza. El dependiente principal, Pepe, era un hombre muy amable y muy cariñoso; cuando murió mi madre fue a mi casa a dar el pésame y luego fue a la iglesia al funeral; este hombre era tan popular que mucha gente llamaba a la tienda “casa Pepe”.

        Y ahora que hablo de las tiendas me acuerdo del lechero y del panadero, que iban todos los días a dejar la leche y el pan a casa. Tocaban un silbato o el llamador de la puerta del portal y bajábamos con una lechera a por la leche o a recoger el pan. El panadero se llamaba Pedro y tenía el horno por la calle de Santo Tomás. El lechero era de La Aldea del Rey y venía a diario en su carro; era un señor muy serio al que se le murió un hijo a los 20 años, a partir de entonces dejó la lechería. Luego mi madre buscó un nuevo lechero, mejor dicho una nueva lechera, una chica de Martiherrero, muy guapa, de mi edad. Yo estaba estudiando en Madrid y cuando venía en vacaciones siempre bajaba a por la leche o la abría la puerta cuando la empezó a subir a casa. Nos mirábamos pero todo quedó casi en sólo miradas, pues las conversaciones eran muy cortitas. Ella se iba a su pueblo y era imposible que nos viésemos por la calle; lógicamente nunca pudimos charlar ampliamente. El recuerdo aún perdura.

        Y estas son algunas cosas que recuerdo sobre todo de mi infancia. Toda la zona de Ávila, próxima a mi casa de la calle Reyes Católicos es, para mí, la más entrañable de Ávila.





viernes, 12 de julio de 2024

La Iglesia de Oloron Sainte Marie.

LA IGLESIA  DE OLORON 


 

 

        La iglesia de Oloron tiene una fachada románica preciosa, toda ella muy bien conservada, como muy nueva. Las proporciones, la distribución de las estatuas, el movimiento de las mismas, los colores de las rocas, su alternancia, todo contribuye a dar una gran sensación de equilibrio y de serenidad. 

        Las figuras y  personajes conservan unos ojos de piedra, claros, nítidos, como no he visto en ningún otro lugar. Son ojos que miran al infinito, que miran hacia arriba, hacia Dios. Y esa mirada que surge del interior de esas figuras es una mirada que parece venir del más allá, de la inmensidad del más allá para dirigirse a la inmensidad de Dios. 

sábado, 6 de julio de 2024

El paseo de San Roque y la carretera de Toledo.

 

EL PASEO DE SAN ROQUE Y LA CARRETERA DE

 TOLEDO

        Por las tardes de los domingos soleados de invierno iba a pasear con mi padre, con mi abuelo Ángel o con los dos, por San Roque y por la carretera de Toledo. Era el paseo tradicional de invierno. Por allí hacía muy bueno y la gente iba a tomar el sol.

Al comienzo del paseo de San Roque estaban los jardines que eran similares a los que hay ahora. Mi abuelo y mi padre saludaban al jardinero, que tenía una caseta de madera hacia la mitad del jardín. Se llamaba el señor Quiterio; aún le recuerdo vagamente. Luego estaba el paredón de las monjas de las Gordillas y al final la plaza de toros. A esa plaza entré dos veces, una con mi abuelo y otra con mi padre. Tengo una imagen borrosa de un toro rojo y nada más. Nunca me han gustado las corridas, siempre me han parecido una burrada y siempre me ha dado pena de cómo tratan a los toros.

Enfrente de la plaza de toros había una casa que tenía unos bajorrelieves de unas cigüeñas; me gustaba mucho mirarlas, y me preguntaba que por qué estaban esas cigüeñas allí; nunca obtuve una respuesta. A un lado de la casa, hay unas piedras altas con una cruz arriba; me contaron que allí se subió un cadete, que se cayó y se mató.

Luego comenzaba la carretera de Toledo. Enseguida estaba el Ventorro el Sol. Mi padre me contó varias veces que allí había un gallo que salía corriendo detrás de mi para picarme. Mientras me lo contaba se sonreía; le hacía gracia recordarlo ¡Qué cosas se les ocurrían a los gallos!

Más abajo, la Venta del Relojero, indicaba el lugar donde nos dábamos la vuelta. Se llamaba así porque había un reloj en la pared.

Cuando tenía 7 años fui con mi abuelo hasta el puente de Toledo. No se me olvidará aquella primera vez, ni aquel paseo. Fue como la confirmación de que ya era un chico mayor y de que ya podía ir a cualquier sitio. Cuando murió mi abuelo yo tenía 12 años, le quería mucho y me dio mucha pena que se muriese; el día de su entierro fui hasta ese puente; por el camino iba llorando acordándome de él; y fui hasta allí porque ese lugar era el que más me unía afectivamente con él. He vuelto muchas veces paseando, siempre me he sentado en el pretil del puente, al igual que hice entonces, y siempre recuerdo la primera vez que fui allí y siempre me acuerdo de mi abuelo Ángel.

Los edificios, los puentes, los caminos, los lugares, están llenos de recuerdos de las personas. Y esos recuerdos, de cosas agradables o desagradables, le dan un algo especial a ese lugar, a ese edificio, a ese puente, a ese camino; le hacen más humano, le dan más vida. Por eso cuando se destruyen esos viejos lugares, esos viejos caminos, esos viejos edificios, algo muere del espíritu humano, algo muere dentro de algunas personas.

domingo, 30 de junio de 2024

Recuerdos: Los cines

 Recuerdos: LOS CINES

        Tuve la inmensa suerte de vivir la época dorada de las salas de cine. Desde que era niño (en 1954 tenía 8 años) hasta que tuve algo más de 20 años ir al cine los domingos, y luego también los sábados, era algo obligado. En Ávila había muchos cines: el Cinema, el Teatro Principal, el Lagasca y el Gredos eran los cines oficiales, los cines de verdad, los cines a los que iban las personas mayores y los niños con ellos. 

Teatro Principal

Cine Lagasca

    Luego estaban los cines a los que íbamos sobre todo niños, y que pertenecían a alguna parroquia o institución religiosa: el de San Antonio, el de la Santa y la Juven. Un poco más tarde se abrió el Tomás Luís de Victoria.

    ¡Cómo me gustaba ir al cine! ¡El cine era el mundo de la fantasía, de los sueños, de la ilusión! ¡En el cine todo era posible! ¡La magia del cine! Cuando se apagaba la luz y empezaba la proyección, el mundo estaba allí. Las películas en las que salía el león, las de la Metro, tenían como un aliciente más: el león. A mi tía Isabel también le gustaba mucho el león.

    Durante toda la semana no prestaba atención a las películas que echaban ¿para qué? jamás iba al cine entre semana. Pero los domingos por la mañana había que mirar las carteleras del Mercado Grande para saber que película echaban en cada cine. Si alguna nos gustaba mucho ya no había más que mirar; sino íbamos a la Juven y a San Antonio, a ver cual era la que había allí.

        ¡Qué emocionante era ver las carteleras! ¡Allí ya empezabas a imaginar que tal iba a estar la película! Cada tipo de película tenía su aliciente. Las del Oeste podían estar bien, aunque eran un poco pesadas pues sólo había tiros al final. Las de piratas y aventuras solían ser muy chulis. De espadas había de dos clases: las de espadas con armaduras y escudos y las de los espadachines tipo los tres mosqueteros; las dos podían estar bien, pero solían ser más bonitas las primeras. Las de indios, sobre todo si se veían muchos indios en las carteleras, eran muy entretenidas. Las de risa: Charlot, Jaimito y el Gordo y el Flaco eran muy divertidas, les pasaban unas cosas graciosísimas y se daban unos golpes tremendos, pero no les pasaba nada. Pero mis favoritas eran las de animales, las de cacerías por África; esas no me las perdía por nada del mundo para poder ver los animales; era casi lo único que me interesaba. Entonces no había documentales de animales; el primero que vi fue el Desierto Viviente; vi dos veces esa película. Nunca más la he vuelto a ver.

        Aún recuerdo algunas de las películas que vi en cada uno de los cines. 

        Psicosis en el cine Lagasca, y esa fue la primera película que vi para mayores de 16 años cuando aún no los había cumplido y entré gracias al resguardo del carné de identidad que me dejó un compañero del cole. 


    La de Robín de los Bosques y Las minas del rey Salomón en el Cinema, y que fueron de las películas más bonitas que he visto.


         Ivanhoe en el Teatro Principal. Las de Tarzán las solía ver en el cine Gredos.


         Donde más vi de aventuras de indios, como Tambores lejanos, Flecha rota, Lanza rota, El último mohicano, etc. fue en la Juven.

        Cuando me empezaron a gustar las chicas el cine todavía tenía más aliciente, pues al de ver la película se añadía el de ver a la chica que te gustaba. Al cine Gredos iba una niña que me gustaba mucho y que vivía en la parte de atrás de la plaza de abastos; a la salida me iba detrás de ella hasta que se metía en su casa. Jamás supe como se llamaba. ¡Amores de niño!

        De los cines a los que iba de niño ya sólo queda el Tomás Luís de Victoria, todos los demás han desaparecido. De todos ellos guardo un gratísimo recuerdo, pero especialmente me acuerdo de la Juven, el cine de Don Jesús, el cine de Acción Católica. Todas las películas eran en blanco y negro, excepto dos al año que eran en color. Yo creo que las películas de la Juven eran las que más me gustaban porque eran las que más estaban pensadas para niños, aunque en los otros cines las de las 5, que era la hora a la que yo iba, también eran para niños.

 

        ¡El cine, el mundo del cine! Era viajar a mundos exóticos, mundos que he procurado visitar de mayor. Quizá el mundo árabe me guste tanto por aquellas imágenes que se me quedaron grabadas de El ladrón de Bagdad, Tres lanceros bengalíes, La Carga de la Brigada Ligera, las Cuatro Plumas, Kim de la India, Simbad el Marino… películas que yo miraba con ojos de asombro y que me parecían que transcurrían en un mundo de ensueño. ¡Qué bonito era viajar con la imaginación! Cuando terminaba la película los niños hablábamos sobre ella y fantaseábamos con lo que allí ocurría. Repetíamos una y otra vez lo que más nos había gustado.

        ¡Qué gratísimos recuerdos guardo del cine! ¡Cómo he disfrutado y disfruto con él!



sábado, 22 de junio de 2024

Con Jose Manuel

 CON JOSE MANUEL

    José Manuel era un niño que vivía al comienzo de la calle San Segundo. Éramos muy amigos, siempre estábamos juntos, pero cuando teníamos 9 años se marchó de Ávila. Jugábamos mucho en el Rastro. En verano venían niños y niñas más o menos de nuestra edad de “colonias” que era algo organizado por Servicios Sociales para que los niños más humildes pasasen un mes en lugares que beneficiaban su salud. Un año vinieron niñas de Madrid. Por las tardes iban al Rastro y jugaban al corro y cantaban canciones infantiles. A mí me gustaba mucho ver como jugaban y cantaban, y también quise hacerlo. Le dije a José Manuel

  • ¿Les decimos que si nos dejan jugar al corro?

  • No. Eso es de mariquitas.

  • ¿Y eso que es?

  • No lo sé, pero tiene que ser algo malo cuando lo dicen los mayores.

      Y esto pasó allá por el año 1954.

Domingo por la noche.

DOMINGO POR LA NOCHE

Los domingos, sobre las 10 de la noche, había un programa de radio que se titulaba “El criminal nunca gana”, patrocinado por “Lámparas A. Fernández Concejo” que estaba en la calle Arenal, tienda por la que pasé delante muchas veces. Aquel programa era de audiencia obligada. En casa todos lo escuchábamos. Mi hermana y yo solíamos hacerlo ya metidos en la cama e imagino que en muchas ocasiones nos dormiríamos antes de que cogiesen al criminal. Y esto ocurría por la década de los 50 (1950).