sábado, 21 de diciembre de 2024

La estación del Escorial

 La estación del Escorial

Esta era una estación importante. La gente decía que era la mitad del recorrido entre Ávila y Madrid. Cuando llegaba a esta estación sabía que me quedaba poco para Madrid y mi corazón se alegraba.

Un poquito antes de llegar, cuando se estaba en medio de la fresneda, se veía el monasterio. Muchas veces oí decir que era la octava maravilla del mundo, pero a mis años, por más que la miraba no me parecía ninguna maravilla.

La estación siempre estaba muy animada. Aquí subían y bajaban muchos viajeros. Me parece que era aquí donde se montaba el señor que hacía las rifas. Vendía unas tiritas con números o con cartas y el premio era o un muñeco/mono con gomas que al balancearse hacía que se moviesen las patas, o una botellita de licor, o una bolsita de caramelos. A mí lo que más me gustaba era el mono.

El Escorial ya era entonces un lugar de veraneo, y la gente que bajaba aquí en verano, procedente de Madrid, o la que estaba esperando en la estación, era, al decir de mi abuela, gente muy fina. Otros decían que eran muy señoritos. Yo no entendía ninguna de estas expresiones, pues no los veía finos ni delgados, ni sabía lo que era ser señorito.

Esta estación siempre estuvo unida en mi infancia a los chocolates de Matías López. Me gustaba mucho el cartel anuncia-

dor de los chocolates y chocolatinas que había en lo alto de un pequeño edificio. Al estar en un alto quedaba justo a la altura de las ventanillas. Un chico recorría el andén voceando “Hay chocolatinas de Matías López” Siempre me quedé con ganas de comer una.

Ahora, en el 2006, el antiguo edificio de la estación está cerrado. Las vías 1 y 2, que eran las que daban a los andenes principales, las utilizan los trenes que no paran aquí. Han surgido nuevos andenes y un nuevo edificio con un subterráneo, en el que se venden los billetes y desde el que se accede a los nuevos andenes.

Atardece en este plácido día de agosto. Estoy solo en el antiguo andén principal. De vez en cuando pasa alguien. En el andén de enfrente una decena de personas espera el tren con dirección a Ávila. El tren llega, se detiene brevemente y cuando se aleja sólo queda un señor mayor que tranquilamente toma el sol sentado en un banco. ¿Estará también recordando como era la estación cuando era niño? ¿O solamente estará dejando transcurrir el tiempo mientras disfruta viendo como pasan los trenes en una dirección y en otra?

Ahora no hay nadie en la estación, estoy solo. Me levanto de donde estoy sentado y salgo por la misma salida por la que veía alejarse a los viajeros antes de que el tren en el que viajaba volviera a ponerse en marcha. Pero allí, en la salida, ya no está el anuncio de las chocolatinas y chocolates de Matías López y en el tren ya no van las personas con las que iba cuando era niño.


viernes, 29 de noviembre de 2024

SALMA y sus oscuros ojos

 

SALMA y sus oscuros ojos.

    Salma es una niña, tiene ocho años y tiene unos ojos oscuros, de esos que impresionan, porque cuando te mira sientes que te atraviesa todo el encanto, toda la belleza y toda la bondad que hay en su alma, y que a su edad es mucha. Casi nunca me pregunta nada, porque casi todo lo sabe hacer ella solita, pero siempre me habla, bien a la entrada o bien a la salida. Si es a la salida me invita a quedarme a merendar con ella y con sus compañeros, ¡y muchas veces acepto por el placer que me proporciona ver su sonrisa y ver como sus ojos se llenan de alegría! El otro día, cuando entro, me mira y me dice: ¡Que chaqueta tan bonita llevas!, ¡que guapo estás! Solo me salió una respuesta: ¡Tú sí que estás guapa y bonita!

sábado, 23 de noviembre de 2024

La madre de Pablo, Felipa.

La madre de Pablo, Felipa, y los torraos o tostones que me daba.

Los padres de mi tio Pablo vivían cerca de la casa de los abuelos. Cuando iba con mi madre al pueblo, siempre me mandaban a su casa a por “tostones” o “torraos” que eran garbanzos tostados con harina, aunque ahora de mayor he leído que los tostaban o freían con yeso ¿?. No sé quién me mandaba a por ellos, pero el caso es que yo iba contento, porque la madre de Pablo, Felipa, era una señora muy agradable y me hacía mucha gracia que siempre me dijera “Qué guapo estás, hermoso” Lo que más gracia me hacía era lo de hermoso, pues solo me lo decían aquí, en el pueblo de mi madre, en Villaluenga de la Sagra. Era una palabra que no acababa de entender su significado, pero me sonaba bien, me sonaba agradable y cariñosa. Casi siempre veía a una hermana de Pablo, que se llamaba Angelita, y con la que también me encontraba a gusto, igual que con su madre.





 

lunes, 18 de noviembre de 2024

Peralada.

PERALADA

        Durante un buen rato me siento en una esquina de la plaza de Peralada, a la sombra de unos árboles. De vez en cuando pasa alguien, pero esta gente no tiene costumbre de decir ¡Buenos días! a los desconocidos. Pasa un vagabundo con una bolsa azul.

  • ¡Buenos días! Aquí se está bien, ¿verdad?

  • ¡Buenos días! Sí que se está bien aquí.

  • Voy a buscar un sitio para sentarme a almorzar

  • Si quiere siéntese aquí, que yo ya me voy.

  • No, muchas gracias. Me voy a sentar en aquel escalón, que allí se oye mejor a los pájaritos. ¿Si gusta?

  • ¡Muchas gracias! ¡Qué aproveche!

    Doy un pequeño paseo y a la vuelta veo al vagabundo almorzando. Empiezo a caminar más despacio. Hasta mí llegan las piadas de los pájaros. ¿Aquí sabrá mejor el almuerzo? Seguro que sí.


sábado, 16 de noviembre de 2024

EL MUSEO DEL PRADO

 

EL MUSEO DEL PRADO


Conocí el Museo del Prado cuando tenía 16 años, cuando me fui a Madrid a estudiar Perito Industrial.

Cuando estudié 5º ó 6º de Bachillerato, ya no me acuerdo bien, estudié Historia del Arte. Me lo dio el padre Emilio (Emilio Rodríguez Almeida) y viendo las fotos que nos ponía en la pared y en la forma de dar la clase, se despertó en mi una gran afición por el arte. Cuando fui a Madrid enseguida me enteré de cuando se podía visitar gratis el museo del Prado. Era los sábados por la tarde.

Recuerdo la impresión que me produjo cuando entré y vi la galería central llena de enormes cuadros. Me sentí empequeñecido. Para mi fue como entrar en un gran templo. Ese fue mi primer templo del arte (y ahora que conozco muchos he de decir que era y es uno de los grandísimos templos del arte) Recorrí y recorrí todas las salas, dando vueltas y más vueltas en un intento desesperado de ver todo, de no quedarme sin ver ninguna de aquellas obras. No sé cuanto tiempo estuve pero si que tomé la determinación de volver los sábados por la tarde para ir viendo con calma aquella enorme cantidad de cuadros.

Y eso hice. Durante casi todo el año cada sábado por la tarde me iba al Prado con mi cuaderno de apuntes de Historia del Arte y miraba los cuadros de los pintores flamencos: Patinir, el Bosco, Hugo van der Goes, Roger van der Veyden, y un larguísimo etcétera; de los pintores italianos del Trecento, Quatrocento, etc.; de los grandes pintores españoles: el Greco, Velázquez, Goya, Ribera, Murillo, etc. y así podría continuar escribiendo nombres y más nombres. Me gustaba mucho ir al museo del Prado, disfruté mucho viendo tantos y tan magníficos cuadros. Aquella afición aún perdura, y ahora, cuando voy a Madrid, procuro darme una vueltecita por el Prado viendo un par de salas solamente o los cuadros de un único pintor, aunque al entrar y salir la vista se me suele ir para todas partes. Y un secreto: casi siempre que estoy dentro procuro pasar cerca de donde están las obras de Velázquez y de Goya y así poder echarles un vistazo.

Es una suerte que me guste el arte y que tenga el Museo del Prado tan cerca y tan al alcance.


viernes, 15 de noviembre de 2024

La bici de Pablo.

 

La bici de Pablo.

        Mi tío Pablo, el marido de mi tía Pili, era un hombre con un carácter como no he conocido ningún otro, nunca le vi enfadado. Para mí era una persona buenísima. Trabajaba en la fábrica y tenía una bici para ir y venir de ella. Yo nunca tuve una bici, y cuando iba al pueblo y tenía edad para montar, me la dejaba para aprender a montar en bici. Yo estaba en la calle, intentando aprender a girar, a parar, a subir y a bajar de la bici sin caerme. Me costó bastantes golpes medio aprender. Cuando ya “sabía” me iba por alguna carretera de las afueras. Me acuerdo una vez que me fui por la carretera de la estación, que entonces era de tierra y tenía muchas piedras por el medio y solo en los bordes la tierra estaba más lisa, y yo iba por ese borde, pero mi pericia no era mucha y me bajé a la cuneta, pero yo seguía dando pedales y avanzando. Estaba tan nervioso y preocupado que no sabía qué hacer. Estaba por los chalets de la “Colonia” (las casas de los directivos e ingenieros y técnicos de la fábrica), y había un puentecito que salvaba la cuneta para poder entrar en el chalet. Veía el puentecito, y veía que me iba contra él, y que tenía que parar, pero yo no paré, yo solo daba pedales y dejé de darlos cuando me choqué contra el puentecito y me caí. Me levanté y lo primero que miré fue ver si la bici estaba bien y seguía rodando. No me preocupé de mí porque no me debí de dar un buen golpe.


domingo, 10 de noviembre de 2024

La estación de la Cañada.

 

La estación de la Cañada, 1360 m.

(23 agosto de 2006)

Hoy, una calurosa tarde de finales de agosto del 2006, he venido hasta la estación de La Cañada y me he sentado en uno de sus bancos, a la sombra, a descansar, a mirar, a recordar y a escribir.

La estación está sola. Unas chiquitas llegan con sus bicis, atraviesan las vías y continúan hacia unas casas. La estación vuelve a quedar solitaria. Por el altavoz se oye: “Próximo tren vía dos. No efectúa parada”, lo escucho varias veces, tres, pero el tren ya ha pasado; y esto ocurre porque lo dice una voz impersonal, lo dice una voz grabada en una cinta magnetofónica. Ya no hay aquí empleados que atiendan la estación ni jefe que de paso a los trenes, ni quien venda los billetes. Ya no hay nadie. La estación está sola casi todo el día. Un gorrión recorre a saltitos el andén, picoteando por aquí y por allá.

Y en esta soledad recuerdo cuando pasaba por aquí de niño camino de Madrid o de regreso a Ávila. No era esta una estación animada y bulliciosa, pero tenía su personalidad. Al ir hacia Madrid era como un respiro después del largo túnel y casi siempre subía o bajaba alguien. Mirando hacia el lado opuesto a la estación ya se destacaba en lo alto de una peña una alta y fina cruz, cruz que todavía sigue estando en el mismo lugar. Al volver de Madrid, ¡Me gustaba tanto estar en Madrid con los abuelos!, esta era una más de las estaciones de la tristeza y la resignación. Cada vez faltaba menos para llegar a Ávila, y cada vez estaba más lejos de Madrid.

Cuatro viajeros han llegado. Se sientan en los bancos y la estación parece más animada, parece que recobra su razón de ser. Un anciano llega, mira hacia un lado y hacia otro, cruza las vías y despacio, muy despacio, se aleja por un camino hacia unas casas, las mismas casas hacia las que se alejaron las chiquillas con las bicis.

Pasa un tren rápido, veloz. Las lunas de las ventanas son tintadas, no se ve a ninguno de los pasajeros y el tren parece un tren fantasma. Cuando se bajaban las ventanillas y cuando los cristales eran transparentes, los niños decíamos adiós con la mano, y la mayoría de las veces nos devolvían el saludo. Eran trenes como más humanos.

Llegan dos mujeres y un hombre y se sientan a mi lado. Charlamos sobre la estación y sobre los trenes. Ellos me cuentan sus recuerdos. Las mujeres vivieron aquí, en la estación.

- Yo vivía aquí y me asomaba a esa ventana. Pasaba las tardes viendo pasar los trenes ¡Y tan entretenida! No me aburría.

- Era muy entretenido ver cambiar las agujas y como los trenes iban por una vía o por otra.

- Aquí subían los trenes desde Ávila con dos máquinas y quitaban una. Esta es la estación más alta. Entonces sólo era la estación. Casi no había ninguna casa más.

- Aquí paraban todos los trenes. Yo vendía leche y agua en una botija. La botija era más barro que leche, de un trago se lo bebía la gente.

- A mi padre le pilló aquí un tren de mercancías y le mató.

- Siempre había mercancías y máquinas paradas. Yo buscaba naranjas en los vagones de mercancías cuando era chavala.

- Hace más de 40 años que vivo en Madrid, pero me gusta recordar cuando vivía aquí.

Estas personas se van y se llevan sus recuerdos con ellas. La estación vuelve a quedar solitaria. Pasa una ráfaga de viento. Me levanto, cojo mis recuerdos y me marcho.