miércoles, 18 de septiembre de 2024

 PARA TI

    Este es uno de los últimos escritos que escribí a Angelina, a mi compañera de toda la vida. Lo escribí cuando la operaron del pulmón por última vez, pero no se lo mandé. Hoy he vuelto a encontrar este escrito y hoy se lo mando. Espero que le llegue en el más allá.

    Y te miro y veo tus ojos, y siento su alegría y su dulzura. Y miro tu cara y veo tu boca, y tus labios, y tu sonrisa. Y te veo a ti, como un sueño, como una ilusión. Y quiero tocarte, y acariciarte, pero te escapas entre mis dedos, entre mis manos, y aspiro a cogerte, y vuelvo a intentarlo, a intentarlo, a intentarlo… Hasta que me doy cuenta de que lo que quiero es tu alma, lo que siempre he querido.

jueves, 5 de septiembre de 2024

LA EXPLANADA DE SAN VICENTE

LA EXPLANADA DE SAN VICENTE

Cuando era niño los jardines de San Vicente no existían. Sólo había la explanada de San Vicente. No es que fuéramos o estuviéramos mucho allí los niños, pero era un lugar en el que ocurrían o se hacían determinadas cosas que sólo se hacían allí.

Era el lugar ideal para jugar al fútbol. No había por todo el centro otro lugar mejor. Nadie nos reñía si nos poníamos a jugar y la pelota no se iba demasiado lejos. El campo era el comprendido entre dos cubos de la muralla, las porterías, hechas con las carteras o con la ropa, estaban en los cubos. Jugábamos en las zonas más llanas siempre y cuando no estuvieran ocupadas por chicos mayores, aunque la verdad es que casi nunca teníamos problemas. El verdadero problema de jugar al fútbol era que casi nunca teníamos una pelota o un balón. Los balones de cuero no los habíamos visto, conocíamos de su existencia, pero solamente de oídas. Balones de goma había pocos y como se rompían con facilidad, los niños que los tenían o ya los tenían rotos o sus padres no se los dejaban sacar para que no se les rompiesen. Entonces no se regalaban balones ni juguetes por los cumpleaños ni nos los compraban porque sí, y los juguetes que había tenían que durar mucho tiempo, como casi todas las cosas. Total, que jugábamos poco al balón y más de una vez con pelotas de trapo que enseguida estaban deshechas.

En verano los vencejos abundaban en San Vicente. Debían hacer sus nidos en los huecos de las murallas y siempre había muchos. Había momentos al atardecer que se formaban grandes bandadas que volaban casi en círculo pasando una y otra vez muy próximos a la muralla. Los niños cogíamos piedras y se las tirábamos todos a la vez cuando pasaba la bandada, en un intento de matar algún pajarito. Lo hacíamos porque sí, por pasar el rato, porque a alguno se le ocurría, porque cuando el diablo no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo. Afortunadamente para los vencejos nunca conseguimos dar a ninguno.

Pero el gran acontecimiento que ocurría en San Vicente era que allí se ponían los caballitos en las fiestas de la Santa. Las atracciones se ponían siempre en el mismo lugar.

Por la parte que daba a la calle San Segundo y a la Avenida de Portugal, casi cerrando la explanada, se ponían las casetas de tiro. En cuanto fui un poco mayorcito, 10 - 12 años empecé a tirar a las bolas de anís, A las tiras de papel que tenían cigarrillos o botellitas de licor no tiré nunca, a los muñecos que pasaban tampoco, era muy difícil darles, y sólo me entretenía en mirar. La verdad es que lo que más hacía era mirar, sólo me daban dinero los domingos y encima me daban poco, y claro, enseguida se acababa. Había que pensar mucho en qué gastarlo pues no daba para todo, ahora yo diría que no daba para casi nada.

En las proximidades de la muralla se colocaban las barcas. Las barcas de balancín que había que saber empujar para que subieran muy alto. Yo nunca subí muy alto, nunca sobrepasé la tabla donde estaban sujetas, subir más alto me daba miedo. Las niñas y las chicas no subían o si lo hacían siempre estaban sentadas para que no se les viesen las piernas, (de verse las bragas ni se hablaba) Esas barcas han desaparecido de las atracciones feriales de por aquí y sólo las he vuelto a ver en Francia, a mis 60 años, en las ferias de los pueblitos, allá por los Castillos del Loira.

Y en medio de ese corro estaban los coches eléctricos, en los que no monté hasta que fui mayor, la ola, los caballitos de sube y baja, los aviones y el güitoma (unos asientos con cadenas que se elevaban al girar). Mientras estaban las atracciones los niños pasábamos casi todas las tardes por allí; yo las tenía al lado y me pillaban casi de paso al salir del colegio. Y aquellas tardes los niños íbamos de una atracción a otra, de una caseta a otra y hablábamos y mirábamos. Y no nos daba pena no poder montar, (había cosas en las que ni se nos ocurría pensar) allí imaginábamos y soñábamos con lo bien que lo pasaríamos el domingo cuando tuviésemos dinero. Las luces, la música, el movimiento, los colores, … creo que a partir de entonces entraron a formar parte de mis sueños.

Aún recuerdo una atracción, y de esto hace más de 68 años, en la que una mujer que estaba encerrada en una jaula se transformaba en gorila. No sé como lo hacían. Todos los niños hablábamos de ella y cada uno explicaba a su manera el truco.

Pero dentro de las fiestas de la Santa había una fecha mágica: cuando se aproximaban Los Santos. Entonces quedaban pocas atracciones y eran muy baratas. El domingo o los domingos próximos a esas fechas iba con mi padre a la feria y como era muy barato nos montaba muchas veces a mí y a mi hermana. Casi nos hartábamos a montar, que ya es decir para un niño. Mientras dábamos vueltas él leía el periódico. Yo creo que no llevaba la cuenta de las veces que montábamos, pero al final pagaba lo que hubiese costado montar una o dos veces en los primeros días.

La explanada de San Vicente era el campo del honor de los niños de los alrededores. Allí tenían lugar nuestros duelos, nuestros desafíos. Yo no recuerdo bien como empezaba aquello, pero el caso es que uno de los niños decía: mañana por la tarde tenemos desafío con los de la carbonería, o con los de San Segundo, o con los del Corralón. Y allí nos presentábamos todos. Los dos bandos nos poníamos frente a frente, a una distancia prudencial y alguien empezaba a tirar piedras, piedras que previamente habíamos amontonado o guardado en los bolsillos. Y así estábamos, tirando piedras a los otros y esquivando las que ellos nos tiraban hasta que una piedra daba bien a algún niño y éste se ponía a llorar. Entonces se daba por terminado el desafío. Si la pedrada era en la cabeza y el niño se caía al suelo entonces los del bando contrario salíamos corriendo a todo correr, muertos de miedo por si le hubiésemos hecho una herida muy grande y los guardias fuesen a nuestras casas. A mí nunca me dieron ninguna pedrada, pero yo di una vez a un niño en la cabeza y le empezó a salir sangre. Yo no quería ir a mi casa porque estaba seguro que los guardias irían a buscarme. Aquella fue la última vez que participé en un desafío.

Y ahora que escribo ésto me viene a la memoria la pelea de patatas que hicimos en el patio del colegio cuando estaban tirando el seminario viejo y haciendo el nuevo colegio Diocesano. El almacén donde guardaban las patatas estaba abierto. No sé ni como ni porqué el caso es que empezamos a tirárnoslas. Alguien le dio a Juan Luis Cabana un patatazo en un ojo y el pobre muchacho tuvo que estar en cama unos pocos días. Cada vez que le fui a ver tenía el ojo de un color diferente, pero siempre predominaba el negro. Cuando volvió al colegio aún le tenía de colorines. Estos sucesos me animaron a no participar más en estos juegos. Esta última pelea ocurrió cuando tenía unos 12 años. Y aquel niño al terminar el curso desapareció de Ávila. Nunca más he vuelto a saber nada de él. Se fue, pero no se fue del todo porque aún queda su recuerdo; a veces, cuando paso por delante de la casa donde vivía me acuerdo de él. ¿Por qué será? 

miércoles, 28 de agosto de 2024

La Juven

 LA JUVEN

    ¡Me voy a la Juven! ¿Quedamos en la Juven? Esas eran expresiones habituales para los niños y jovencitos de los años 60. La Juven era el local de Acción Católica de los niños. Yo diría que más que de los niños, era el local de los niños pobres, de los niños de los barrios bajos. Porque también había la Acción Católica de los mayores pero aquella no era la Juven, y además era donde iban los chicos de gente bien. Siempre tuve la enorme suerte de que ni mis padres ni mis abuelos me dijesen nada sobre con qué niños tenía que ir. A mis amigos siempre los elegí yo y casi siempre eran niños de clases humildes, eran niños que trabajaban en cosas de niños para llevar algún dinerillo a casa o que trabajaban de verdad en cuanto tuvieron edad para hacerlo. ¡Pero eran mis amigos!

        El alma de la Juven era don Jesús Jiménez el sacerdote. ¡Qué gran labor hizo aquel hombre con los niños y jovencitos!

        En la Juven podíamos jugar al futbolín, al ping-pong o al billar por muy poco dinero. Allí también se podía jugar al ajedrez, a las damas, a la oca o al parchís sin que costase nada. Allí podíamos estar los niños hablando sin pasar frío. Y allí sobre todo podíamos ir al cine los domingos por muy poco dinero o por nada. El cine era a las 4, a las 6 y a las 8. Allí echaban unas películas chulísimas para los niños: Flecha rota, Tambores lejanos, Apache, Lanza rota, El último mohicano, Ivanhoe, Robín de los bosques, las del gordo y el flaco, El zorro, y muchas otras películas cuyo nombre no recuerdo.

¡Hay, aquel cine con el ruido de las pipas y el de la cámara de proyección, con las sillas y los bancos de madera, con los timbrazos que anunciaban el comienzo de la película, con los silbidos de cuando se daban un beso o de cuando tapaban la película porque se daban un beso! ¡Con qué cariño recuerdo el cine de la Juven!

        Don Jesús procuraba que la Juven la gestionásemos los propios chicos. Cuando fui jovencito (14, 15, 16 años) colaboré junto con otros chicos en cobrar en el cine, en llevar las películas a los colegios de las Nieves, las Teresianas o el Colegio de Huérfanos de Ferroviarios, en vender las pipas y los caramelos para el cine, cobrar los juegos y cosas así.

No se me olvidará una vez en que estaba cobrando la entrada del cine. Era la sesión de las 4. En la fila para entrar había tres hermanos, el mayor aún era pequeño (7 u 8 años) y me dijeron que sólo tenían dinero para la entrada de uno. Los niños tenían aspecto de ser muy pobres. Yo no sabía que hacer, por mí les habría dejado entrar cobrando sólo una entrada, pero allí estaba Don Jesús y él era el jefe. Les dijo: Esperad aquí un poco. Cuando entraron el resto de los niños, les dijo a los tres que pasasen y que con los céntimos que llevaban se comprasen golosinas. Aquellas palabras me llenaron de alegría y satisfacción. Aquella fue una lección de ¿generosidad? (no sé como llamarlo) que nunca he olvidado.

La Juven también tenía la piscina. Estaba en la actual Avenida de la Juventud y pegando a ella pusieron luego la Ciudad Deportiva. En un principio aquello era el campo y para llegar allí, si se iba por el paredón de Sto. Tomás, se iba atravesando unos trigales. En la piscina de la Juven aprendí a nadar. Yo seguía las indicaciones de mi padre: “Te agarras al borde y mueves las piernas y donde no te cubra te echas para adelante y mueves los brazos” Yo intentaba hacerlo, pero si movía los brazos no movía las piernas y si movía las piernas no movía los brazos. Yo lo intentaba una y otra vez hasta que al final me salió. ¡Qué alegría me dio!

Durante un verano, a mis 16 años, fui el encargado de la piscina: abría, cerraba, cobraba, limpiaba, regaba las plantas, etc. Don Jesús me pagó 600 u 800 Pts por todo el verano (no recuerdo exactamente cuanto fue). Aquél fue el primer dinero que gané en mi vida y lo gasté en comprarme mi primera pareja de canarios e ir el verano siguiente de excursión a Gijón.

¡Qué gran hombre fue Don Jesús! ¡Qué gratos recuerdos guardo de él!

martes, 27 de agosto de 2024

Las fuentes de los alrededores. Las meriendas del verano

 LAS FUENTES DE LOS ALREDEDORES. 

LAS MERIENDAS DEL VERANO.

        En los alrededores de Ávila había varias fuentes. Todavía quedan algunas, pero cada vez menos.

Cuando era niño mis padres y mis abuelos tenían la costumbre de ir los domingos del verano a merendar a alguna de ellas. Como se iba andando íbamos a las que estaban cerca. Sobre todo, íbamos a La Canaleja y a la de las Hervencias. Son recuerdos muy lejanos pero que tengo muy grabados. Han pasado muchos años, más de 68 y aún recuerdo cuando entraba con mi padre o con mi abuelo a la última de las tabernillas que había en el camino a la fuente a la que íbamos y ellos pedían una botella de vino tinto con gaseosa. Yo no bebía vino pero me acuerdo perfectamente de aquello. Luego en el campo buscábamos una piedra, allí se sentaban los mayores y mi hermana y yo, a veces en compañía de la tía Isabel o de algún niño que hubiese por allí, jugábamos a esos juegos que los niños se inventan. Cuando íbamos a la Canaleja me encantaba echarme a correr cuesta abajo con una tela colocada a modo de capa para que ésta se levantase con el viento; de esta manera soñaba con ser una jinete de esos que había visto en alguna película. Y después de las carreras y los juegos, de esos juegos que ahora se llaman de simulación y que entonces se llamaban jugar a que unas piedras eran un castillo, una paja semirrígida era una lanza que portaba un caballero que montaba en un rápido corcel, que tras unas zarzas se escondía todo un campamento indio y cosas que sólo se nos ocurrían a los niños, empezábamos a merendar. La merienda la llevaban las mujeres en los capachos de paja o en bolsas amplias de la compra (entonces no había bolsas de plástico), y si era mucho lo que había que llevar se repartía entre todos para aliviar la carga de mi madre, de mi abuela o de mi tía. Las meriendas eran a base de tortilla de patata, filetes empanados, chorizo, jamón serrano (poca cantidad), queso y fruta: melocotones, peras, melón o sandía.

Esa costumbre de ir a merendar a las fuentes en el verano ya se ha perdido. Casi todo el mundo tiene coche y ahora la gente se va al campo - ¿Cómo si aquello no fuera el campo? La Canaleja está cambiada, ya no se puede entrar por donde yo lo hacía de niño, la zona de las Hervencias ha cambiado menos, ahora es un parque y se ha destrozado poco de lo que había antiguamente. Aún está una inmensa roca plana que mi tía Isabel llamaba “La Tortilla”; le puso ese nombre no sé por qué y siempre que paso por allí me acuerdo de ella. Mi padre conservó la costumbre de ir allí casi hasta que murió. Por las tardes de los domingos del verano se iba paseando hasta Las Hervencias, se sentaba en una piedra y luego volvía a casa. Ya no llevaba merienda, imagino que solamente recordaba.

A Fuentebuena nunca fui a merendar con mis padres ni mis abuelos. Allí empecé a ir con mis amigos cuando tenía sobre 10 u 11 años. Íbamos o en otoño a coger zarzamoras o cuando se nos ocurría para atravesar el túnel de la vía del tren que va a Salamanca. Hay momentos en la vida de las personas que se nos quedan grabados para siempre y aparentemente no tienen nada de especial. Fuentebuena está unido a aquella ocasión en que mi padre y yo nos fuimos a pasar el día a la Balsa Verdeja: es la única vez que he ido con mi padre y fuimos a pescar; pero lo más curioso es que mi padre no era pescador y entonces compró una caña de pescar muy sencilla en Diloy. No pescamos nada y la caña sirvió para enrollar el hule que poníamos en la mesa a la hora de comer.

A Fuentebuena íbamos mi hermana y yo a por agua para beber, un año en que hubo una sequía enorme y sólo nos daban agua durante media hora y como no llegaba a los pisos se puso un grifo en el portal y durante esa media hora los vecinos de la casa y los de otras casas de al lado iban con cubos para coger agua. Aquella agua no debía estar muy limpia y mi hermana y yo nos íbamos con unas garrafitas de cristal forradas de esparto. Éramos muy pequeños, no creo que yo tuviese más de 10 años, pero entonces los niños podíamos andar con toda libertad por todos los sitios, y eso que ya había habido un sacamantecas. 


martes, 13 de agosto de 2024

DESPUÉS DE VISITAR EL MONASTERIO DE SUSO

     Bajamos del monasterio de Suso. Hace calor. Hay un ensanche y unas mesas, a un lado de la carretera. Es un lugar ideal para comer. Y mientras comemos, miramos lo que tenemos enfrente. La luz nos envuelve, nos envuelve a nosotros y a todo lo que nos rodea. La transparencia del aire es total. Hay una borrachera de verdes, verdes luminosos, verdes claros, oscuros, verdes amarillentos, ... son colores que parece que nos acarician, que parece que nos agradecen que les estemos mirando. Pero lo que acaricia la luz y el color, no es nuestra piel, es nuestra alma. Y para ella es un placer supremo sentir estas caricias, y en silencio, para que nada se alborote, pasamos tiempo y tiempo disfrutando del sosiego del alma.

viernes, 9 de agosto de 2024

 PASEANDO POR AYAMONTE

    Ayamonte, donde desemboca el Guadiana, donde huele a mar; donde un hermoso puente, un puente como una telaraña, guarda la entrada del Guadiana; donde tristemente mueren los barcos, porque estos barcos de aquí mueren entre el fango, no en el fondo del mar, que ese es su sitio. Un poco más allá tres barcos están descansando. Quizá se han dormido y no han ido a faenar con los demás.

      Calles. Calles con casas de los siglos XVIII y XIX. Plazas. Plazas espaciosas llenas de palmeras y de bancos de azulejos; bancos que parecen sillones y que invitan aún más a descansar. Algarabía de los gorriones, hermosa algarabía que hace rebosar a la plaza de alegría. Hay una misteriosa brisa que sólo recorre las copas de las palmeras y hace balancear las palmas. Una jovencita muy guapa pasa a mi lado paseando a su perro y me dice ¡Buenos días! ¡Qué bien se está en esta plaza! Aquí no hay prisas ni agobios, aquí sólo se está, aquí sólo se siente el alma. La brisa ha bajado y remueve las hojas del cuaderno y el pelo de la señora que está en el banco. El mío no lo mueve porque no le tengo.

    Me levanto y sigo andando y veo gárgolas en las casas; y veo blancos, blanquísimos campanarios que destacan en el cielo; y veo viejos pozos y viejas cruces que parece que se hacen compañía; y veo torres de viejas iglesias y viejas personas quizá con el alma joven.

viernes, 2 de agosto de 2024

 LA ANTIGUA PLAZA DE ABASTOS

        La plaza de abastos estaba muy cerca de mi casa. Antes de mis 6 años. cuando empecé a ir al colegio debía ir allí casi todos los días con mi madre y mi abuela. Luego iba en muchas ocasiones a comprar algo que se hubiese olvidado. Era una plaza distinta a la de ahora, era de una sola planta y muy alta, con columnas de hierro; imagino que sería una de esas estructuras metálicas tan frecuentes al principio de siglo XX.

        Recuerdo perfectamente a la pollera, una señora bajita, gordita, vestida de negro y con un moño en la cabeza; mi abuela hablaba mucho con ella y mi madre también. Su recuerdo me resulta agradable. En los días cercanos a la Navidad se colocaban muchos vendedores de pollos vivos alrededor de la plaza; mi madre y mi abuela compraban los pollos unos días antes y los teníamos en casa, en el váter, atada una pata con una cuerda a una silla, alimentándolos con las sobras de la comida, migas de pan y en ocasiones triguillo. A mi me gustaba mucho mirarlos y cogerlos, luego me daba pena ver como les mataban.

        Las calles que rodeaban la plaza de abastos también me eran muy familiares. A la peluquería de Pompeyo iba una vez al mes aproximadamente; no me gustaba nada ir pues los pelos se me metían por el cuello y la espalda y me picaban mucho (entonces no había ducha para poder ducharse después de cortarse el pelo).

        El zapatero estaba un poquito más abajo; era un señor muy amable que me recibía con una sonrisa; a mi me gustaba mucho mirar como clavaba las puntas con una gran rapidez.

        Casa López, que estaba en la esquina, era la tienda de ultramarinos; muchos productos los tenían en cajones o en sacos; el aceite lo echaban con un aparato que me resultaba muy curioso; entonces no había plásticos y todo te lo daban envuelto en papel de estraza. El dependiente principal, Pepe, era un hombre muy amable y muy cariñoso; cuando murió mi madre fue a mi casa a dar el pésame y luego fue a la iglesia al funeral; este hombre era tan popular que mucha gente llamaba a la tienda “casa Pepe”.

        Y ahora que hablo de las tiendas me acuerdo del lechero y del panadero, que iban todos los días a dejar la leche y el pan a casa. Tocaban un silbato o el llamador de la puerta del portal y bajábamos con una lechera a por la leche o a recoger el pan. El panadero se llamaba Pedro y tenía el horno por la calle de Santo Tomás. El lechero era de La Aldea del Rey y venía a diario en su carro; era un señor muy serio al que se le murió un hijo a los 20 años, a partir de entonces dejó la lechería. Luego mi madre buscó un nuevo lechero, mejor dicho una nueva lechera, una chica de Martiherrero, muy guapa, de mi edad. Yo estaba estudiando en Madrid y cuando venía en vacaciones siempre bajaba a por la leche o la abría la puerta cuando la empezó a subir a casa. Nos mirábamos pero todo quedó casi en sólo miradas, pues las conversaciones eran muy cortitas. Ella se iba a su pueblo y era imposible que nos viésemos por la calle; lógicamente nunca pudimos charlar ampliamente. El recuerdo aún perdura.

        Y estas son algunas cosas que recuerdo sobre todo de mi infancia. Toda la zona de Ávila, próxima a mi casa de la calle Reyes Católicos es, para mí, la más entrañable de Ávila.